Historia Misioneros Redentoristas
La Congregación sigue el ejemplo de Cristo por la profesión de la vida apostólica, la cual comprende a la vez la vida especialmente consagrada a Dios y la actividad misionera de los Redentoristas.
Para responder a su misión en el seno de la Iglesia, la congregación redentorista se organiza como un cuerpo misionero, cuyos miembros viven en comunidad.
Movidos por el espíritu apostólico e imbuido del celo del Fundador, fieles a la tradición marcada por sus antepasados y atentos a los signos de los tiempos, todos los Redentoristas, como cooperadores, socios y servidores de Jesucristo en la gran obra de la Redención:
- Son enviados a predicar el Evangelio de Salvación a los pobres
- Forman una comunidad apostólica
- Consagrada de modo especial al Señor
- Que recibe una formación apropiada
- Y cuenta con una forma adecuada de gobierno
Perfil del Misionero Redentorista
Los Redentoristas son apóstoles de fe robusta, de esperanza alegre, de ardiente caridad y celo encendido. No presumen de sí y practican la oración constante. Como hombres apostólicos e hijos genuinos de San Alfonso, siguen gozosamente a Cristo Salvador, participan de su misterio y lo anuncian con la sencillez evangélica de su vida y de su palabra. Con plena disponibilidad para todo lo arduo, como fruto de la abnegación de sí mismos, viven preocupados por llevar a los hombres la "Redención copiosa" de Cristo.
SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO
Fundador
Empezó a estudiar jurisprudencia y a los dieciséis años recién cumplidos, por privilegio especial, pudo presentar en la Universidad de Nápoles el examen de doctorado en derecho civil y canónico.
Una tradición afirma que ejerció su profesión durante diez años sin perder un solo pleito. Por su talento, virtud y afabilidad lo prestigiaban como el primer jurisconsulto napolitano. En la defensa de un famoso pleito, por la calidad de las personas y del dinero que se ventilaba, Alfonso se sintió frustrado porque la corte, injustamente falló en su contra. Alfonso se alejó murmurando: "Oh mundo, mundo, ya te conozco".
Alfonso ya no quiso volver a los tribunales. Con gesto de sincera piedad y gallardía se encaminó al templo de la Virgen de la Merced y allí colocó a los pies de la estatua su espada de caballero en señal de vasallaje. Se dedicó al cuidado de los enfermos en el Hospital de los incurables. Un día en medio de su trabajo en el Hospital, escuchó una voz que le decía: "Alfonso, deja el mundo y entrégate a mí", y esta misma voz le insiste por dos veces. Ya no hay lugar a duda: Dios lo quería para sí como sacerdote y misionero.
No fue fácil para Alfonso cambiar su toga de abogado por la sotana clerical. El principal obstáculo era su padre, que seguía fraguando proyectos de humana grandeza sobre su hijo. Cuando lo vio vestido de sotana, su padre le negó el habla por más de un año. Pero el 21 de diciembre de 1726 fue el día más glorioso de su vida: el día de su Ordenación Sacerdotal. La madre estaba rebosante de alegría, su padre apenas resignado.
El 9 de noviembre de 1732, en una pequeña población llamada Scala, con cuatro compañeros más, hace la promesa de dedicarse con toda su alma al cuidado de las gentes más olvidadas en lo material y espiritual, y así nace la Congregación del Santísimo Redentor. Su tarea: llevar el Evangelio por medio de las misiones y el catecismo a aquellas almas esparcidas por los campos.
San Alfonso fue un escritor muy fecundo. Escribió más de ciento once libros. Entre sus principales obras se cuentan: Teología moral, El gran medio de la Oración, La práctica del amor a Jesucristo, Meditaciones sobre la Pasión, El trato familiar con Dios, Reflexiones devotas. Las Glorias de María, Las visitas al Santísimo Sacramento.
Alfonso murió el primero de Agosto de 1787. Tenía 90 años, 10 meses y 15 días. En 1838 fue canonizado; en 1871 nombrado Doctor de la Iglesia, y en 1950 patrono de confesores y moralistas.
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