jueves, 19 de mayo de 2011

SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO

Solía decir Alfonso que el mayor peligro del sacerdote activo es querer inflamar a los otros sin mantener en si mismo la llama divina. Con la perspicacia del hombre dirigido por el espíritu de Dios, había comprendido que la acción debe nacer de la contemplación, que el celo apostólico debe ser una consecuencia de la vida interior. La oración y la penitencia eran el alimento de la suya. Dormía sobre la tierra desnuda, comía arrodillado o sentado en el suelo, se flagelaba cada día varias veces, metía piedrecitas en el calzado para no olvidar un solo momento el espíritu de mortificación, y su oración se prolongaba durante las horas de la noche, muchas veces en medio de la desolación y la angustia. «Voy a Jesús, y me rechaza—decía en los primeros tiempos de su ministerio sacerdotal—; voy a María y no me responde.» Su figura ascética hacía tanta impresión en las almas como el ardor místico que encendía su elocuencia. Cuando hablaba del amor o de la penitencia, bastaba mirar su rostro iluminado y extenuado. Los que le escuchaban, echábanse a llorar y se convertían. Algunos sacerdotes, deseosos de imitar su vida, se unieron a él y le pidieron un reglamento de vida; y un día de 1732 los napolitanos vieron con estupefacción que el abogado insigne, el predicador famoso en todo el reino, abandonaba el palacio familiar y, montando en un asno, atravesaba las calles de la ciudad y desaparecía en la llanura.
En la costa pintoresca de Amaifi, rodeada de paisajes espléndidos, arrullada por las olas del mar, se levanta todavía la villa de Scala. Allí es donde Alfonso reunió a sus primeros compañeros; allí es donde puso la primera fortaleza del ejército que proyectaba y que empezaba a reclutar con el nombre de Congregación del Santísimo Redentor; allí nacieron los redentoristas. El hijo de una gran familia se convirtió entonces en servidor de todos. Su actividad fue la misma que antes, pero más intensa, más consciente, más gozosa. Precisamente los redentoristas nacían para imitar al Redentor, imitarle en la evangelización y en la contemplación. Debían ser misioneros y al mismo tiempo adoradores. Es lo que había hecho Alfonso hasta ahora y lo que hará desde ahora con mayor entusiasmo. Su mayor alegría era no tener esclavos ni servidores, como en la casa de su padre. Podía con libertad completa asear su habitación, trabajar en el huerto y trastear en la cocina. Su mismo oficio de Superior sólo servía para facilitarle las humillaciones. Entre sus primeros compañeros había un gentilhombre, que se rebelaba ante el pensamiento de servir a la mesa y lavar la vajilla. Alfonso adivinó la lucha que se libraba en su interior, y levantándose de su asiento, empezó a ayudar al pobre joven, llevando los platos del refectorio a la cocina. «¡Orgulloso!—se decía luego el novicio—; ¡te avergüenzas de servir, cuando Alfonso, mucho más noble que tú, se hace el servidor de todos!»

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