Solía decir Alfonso que el mayor peligro del sacerdote activo
es querer inflamar a los otros sin mantener en si mismo la llama
divina. Con la perspicacia del hombre dirigido por el espíritu
de Dios, había comprendido que la acción debe nacer
de la contemplación, que el celo apostólico debe
ser una consecuencia de la vida interior. La oración y la
penitencia eran el alimento de la suya. Dormía sobre la
tierra desnuda, comía arrodillado o sentado en el suelo,
se flagelaba cada día varias veces, metía piedrecitas
en el calzado para no olvidar un solo momento el espíritu
de mortificación, y su oración se prolongaba durante
las horas de la noche, muchas veces en medio de la desolación
y la angustia. «Voy a Jesús, y me rechaza—decía
en los primeros tiempos de su ministerio sacerdotal—; voy
a María y no me responde.» Su figura ascética
hacía tanta impresión en las almas como el ardor
místico que encendía su elocuencia. Cuando hablaba
del amor o de la penitencia, bastaba mirar su rostro iluminado
y extenuado. Los que le escuchaban, echábanse a llorar y
se convertían. Algunos sacerdotes, deseosos de imitar su
vida, se unieron a él y le pidieron un reglamento de vida;
y un día de 1732 los napolitanos vieron con estupefacción
que el abogado insigne, el predicador famoso en todo el reino,
abandonaba el palacio familiar y, montando en un asno, atravesaba
las calles de la ciudad y desaparecía en la llanura.
En la costa pintoresca de Amaifi, rodeada de paisajes espléndidos,
arrullada por las olas del mar, se levanta todavía la villa
de Scala. Allí es donde Alfonso reunió a sus primeros
compañeros; allí es donde puso la primera fortaleza
del ejército que proyectaba y que empezaba a reclutar con
el nombre de Congregación del Santísimo Redentor;
allí nacieron los redentoristas. El hijo de una gran familia
se convirtió entonces en servidor de todos. Su actividad
fue la misma que antes, pero más intensa, más
consciente, más gozosa. Precisamente los redentoristas nacían
para imitar al Redentor, imitarle en la evangelización y
en la contemplación. Debían ser misioneros y al mismo
tiempo adoradores. Es lo que había hecho Alfonso hasta ahora
y lo que hará desde ahora con mayor entusiasmo. Su mayor
alegría era no tener esclavos ni servidores, como en la
casa de su padre. Podía con libertad completa asear su habitación,
trabajar en el huerto y trastear en la cocina. Su mismo oficio
de Superior sólo servía para facilitarle las humillaciones.
Entre sus primeros compañeros había un gentilhombre,
que se rebelaba ante el pensamiento de servir a la mesa y lavar
la vajilla. Alfonso adivinó la lucha que se libraba en su
interior, y levantándose de su asiento, empezó a
ayudar al pobre joven, llevando los platos del refectorio a la
cocina. «¡Orgulloso!—se decía luego el
novicio—; ¡te avergüenzas de servir, cuando Alfonso,
mucho más noble que tú, se hace el servidor de todos!»

No hay comentarios:
Publicar un comentario