jueves, 24 de noviembre de 2011
DESDE MI CRUZ A TU SOLEDAD. ORDEN FRANCISCANA SEGLAR
Cristo nos enseña en estos días Santos a mirar el dolor y el sufrimiento con un sentido nuevo, un valor diferente. "Oh cruz!... primero te sufrí con paciencia, después te lleve con gusto, hoy te abrazo con amor" (P. Marcial Maciel, L.C.)
Todo sufrimiento humano, unido al de Cristo es fuente de salvación, de redención. Podemos aprovechar nuestro sufrimiento y convertirlo en fuente de frutos de salvación. El sufrimiento del inocente solo se entiende desde Cristo, el cordero inocente, llevado al matadero. El fue inocente: "Paso haciendo el bien", fue signo de contradicción, fue llevado como un malhechor, sufrió uno de los más terribles tormentos, la crucifixión, pero lo hizo por amor, para enseñarnos el valor del dolor y que también cada uno de nosotros lo podamos vivir así, cuando nos llegue.
Te escribo desde mi cruz a tu soledad, a ti, que tantas veces me miraste sin verme y me oíste sin escucharme.
A ti, que tantas veces prometiste seguirme de cerca y sin saber por qué te distanciaste de las huellas que dejé en el mundo para que no te perdieras.
A ti, que no siempre crees que estoy contigo, que me buscas sin hallarme y a veces pierdes la fe en encontrarme, a ti, que a veces piensas que soy un recuerdo y no comprendes que estoy vivo.
Yo soy el principio y el fin, soy el camino para no desviarte, la verdad para que no te equivoques y la vida para no morir.
Mi tema preferido es el amor, que fue mi razón para vivir y para morir.
Yo fui libre hasta el fin, tuve un ideal claro y lo defendí con mi sangre para salvarte.
Fui maestro y servidor, soy sensible a la amistad y hace tiempo que espero que me regales la tuya.
Nadie como yo conoce tu alma, tus pensamientos, tu proceder, y sé muy bien lo que vales.
Sé que quizás tu vida te parezca pobre a los ojos del mundo, pero Yo
sé que tienes mucho para dar, y estoy seguro que dentro de tu corazón hay un tesoro escondido; conócete a ti mismo y me harás un lugar a mi.
Si supieras cuánto hace que golpeo las puertas de tu corazón y no recibo respuesta.
A veces también me duele que me ignores y me condenes como Pilatos, otras que me niegues como Pedro y que otras tantas me traiciones como Judas.
Hoy te pido que te unas a mi dolor, que lleves tu pequeñas cruz junto a la mía, te pido paciencia y perdón para tus enemigos, amor para tu pareja, responsabilidad para con tus hijos, tolerancia para los ancianos, comprensión para todos tus hermanos, compasión para el que sufre, servicio para todos, así lo he vivido Yo y así te lo he enseñado.
Quisiera no volver a verte egoísta, orgulloso, rebelde, disconforme, pesimista. Desearía que tu vida fuera alegre, siempre joven y cristiana.
Cada vez que aflojes, búscame y me encontrarás; cada vez que te sientas cansado, háblame, cuéntame.
Cada vez que creas que no sirves para nada no te deprimas, no te creas poca cosa, no olvides que yo necesité de un asno para entrar en Jerusalén y necesito de tu pequeñez para entrar en el alma de tu prójimo.
Cada vez que te sientas solo en el camino, no olvides que estoy contigo.
No te canses de pedirme que yo no me cansaré de darte, no te canses de seguirme que yo no me cansaré de acompañarte, nunca te dejaré solo.
Aquí a tu lado me tienes, estoy para ayudarte.
Desde mi cruz, te envío este mensaje, te quiero mucho, tu amigo: Jesús
jueves, 3 de noviembre de 2011
SAN MARTIN DE PORRES
Religioso dominico, peruano.
Fiesta: 3 de noviembre
«Martín de la caridad» -Homilía de S.S. Juan XXIII en su canonización
San Martín de Porres-Vida de los Santos de BUTLER. Adaptada por el Padre Jordi Rivero
SAN MARTIN DE PORRES fue un mulato, nacido en Lima, capital del Perú, en el 9 de diciembre de 1579. En el libro de bautismo fue inscrito como "hijo de padre desconocido". Era hijo natural del caballero español Juan de Porres (o Porras según algunos) y de una india panameña libre, llamada Ana Velásquez. Martín heredó los rasgos y el color de la piel de su madre, lo cual vio don Juan de Porres como una humillación
Vivió pobremente hasta los ocho años en compañía de la madre y de una hermanita que nació dos años después. Estuvo un breve tiempo con su padre en el Ecuador ya que este llegó a reconocerlo y también a la hermanita. Nuevamente quedó separado del padre le mandaba lo necesario para hacerle terminar los estudios.
Martín era inteligente y tenía inclinación por la medicina. Había aprendido las primeras nociones en la droguería-ambulatorio de dos vecinos de casa. La profesión de barbero en aquella época estaba ligada con la medicina. Así adquirió conocimientos de medicina y durante algún tiempo, ejerció esta doble carrera.
Sintiendo grandes deseos de perfección, pidió ser admitido como donado en el convento de los dominicos del Rosario en Lima. Su misma madre apoyó la petición del santo y éste consiguió lo que deseaba cuando tenía unos quince años de edad.
En el convento su vida de heroica virtud fue pronto conocida de muchos. Fue admitido sólo como "donado", es decir, como terciario y le confiaron los trabajos más humildes de la comunidad. Martín es recordado con la escoba, símbolo de su humilde servicio. Su humildad era tan ejemplar, que se alegraba de las injurias que recibía, incluso alguna vez de parte de otros religiosos dominicos, como uno que, enfermo e irritado, lo trató de perro mulato. En una ocasión, cuando el convento estaba en situación económica muy apurada, Fray Martín, espontáneamente se ofreció al Padre Prior para ser vendido como esclavo, ya que era mulato, a fin de remediar la situación.
Advirtiendo los superiores de Fray Martín su índole mansa y su mucha caridad, le confiaron, junto con otros oficios, el de enfermero, en una comunidad que solía contar con doscientos religiosos, sin tomar en consideración a los criados del convento ni a los religiosos de otras casas que, informados de la habilidad del hermano, acudían a curarse a Lima.
Bastante trabajo tenía el joven hermano, pero no por eso limitaba su compasión a los de su orden, sino que atendía a muchos enfermos pobres de la ciudad. El día 2 de junio de 1603, después de nueve años de servir a la orden como donado, le fue concedida la profesión religiosa y pronunció los votos de pobreza, obediencia y castidad.
Juntaba a su abnegada vida una penitencia austerísima, se maltrataba con dormir debajo de una escalera unas cuantas horas y con apenas comer lo indispensable. Pasaba la mitad de la noche rezando a un crucifijo grande que había en su convento iba y le contaba sus penas y sus problemas, y ante el Santísimo Sacramento y arrodillado ante la imagen de la Virgen María pasaba largos tiempos rezando con fervor. Añadía a esto un espíritu de oración y unión con Dios que lo asemejaba a otros grandes contemplativos.
Dios quiso que su santidad se conociera fuera de las paredes del monasterio, por los extraordinarios carismas con que lo había enriquecido, entre ellos, la profecía, éxtasis y la bilocación. Sin salir de Lima, fue visto en África, en China y en Japón, animando a los misioneros que se encontraban en dificultad. Mientras permanecía encerrado en su celda lo veían llegar junto a la cama de ciertos moribundos a consolarlos. En ocasiones salía del convento a atender a un enfermo grave, y volvía luego a entrar sin tener llave de la puerta y sin que nadie le abriera. Preguntado cómo lo hacía, respondía: "Yo tengo mis modos de entrar y salir".
Se le vio repetidas veces en éxtasis y, algunas levantado en el aire muy cerca de un gran crucifijo que había en el convento. A el acudían teólogos, obispos y autoridades civiles en busca de consejo. Más de una vez el mismo virrey tuvo que esperar ante su celda porque Martín estaba en éxtasis.
Llegaron los enemigos a su habitación a hacerle daño y él pidió a Dios que lo volviera invisible y los otros no lo vieron.
Durante la epidemia de peste, curó a cuantos acudían a él, y curó milagrosamente a los sesenta cohermanos. Los frailes se quejaban de que Fray Martín quería hacer del convento un hospital, porque a todo enfermo que encontraba lo socorría y hasta llevaba a algunos más graves y pestilentes a recostarlos en su propia cama cuando no tenía más donde se los recibieran.
Con la ayuda de varios ricos de la ciudad fundó el Asilo de Santa Cruz para reunir a todos los vagos, huérfanos y limosneros y ayudarles a salir de su penosa situación.
Sorprendió a muchos con sus curaciones instantáneas, como la del novicio Fray Luis Gutiérrez que se había cortado un dedo casi hasta desprendérselo; a los tres días tenía hinchados la mano y el brazo, por lo que acudió al hermano Martín, quien le puso unas hierbas machacadas en la herida. Al día siguiente, el dedo estaba unido de nuevo y el brazo enteramente sano. En cierta ocasión, el arzobispo Feliciano Vega, que iba a tomar posesión de la sede de México, enfermó de algo que parece haber sido pulmonía y mandó llamar a Fray Martín. Al llegar éste a la presencia del prelado enfermo, se arrodilló, mas él le dijo: "levántese y ponga su mano aquí, donde me duele". ¿Para qué quiere un príncipe la mano de un pobre mulato?, preguntó el santo. Sin embargo, durante un buen rato puso la mano donde lo indicó el enfermo y, poco después, el arzobispo estaba curado.
Otras veces, a la curación añadía la prontitud con que acudía al enfermo, pues bastaba que éste tuviera deseo de que el santo llegara, para que éste se presentase a cualquier hora. Muchas veces, entraba por las puertas cerradas con llave, como pudo comprobarlo el maestro de novicios, quien personalmente guardaba la llave del noviciado, pues, habiendo estado Fray Martín atendiendo a un enfermo, salió del noviciado y volvió a entrar sin abrir las puertas. El asombrado maestro comprobó que estaban perfectamente cerradas. Alguien le preguntó: "¿Cómo ha podido entrar?" El santo respondió: "Yo tengo modo de entrar y salir".
El enfermero al mismo tiempo que hortelano herbolario, cultivaba las plantas medicinales de que se valía para sus obras de caridad y también desempeñaba el oficio de distribuidor de las limosnas que algunas veces recogía, en cantidades asombrosas, parte para socorrer a sus propios hermanos en religión y parte para los menesterosos de toda clase que había en la ciudad.
Su amabilidad se extendía hasta los animales; hay en su biografía escenas semejantes a las que se narran de San Francisco y de San Antonio de Padua. Por ejemplo, cuando después de disciplinarse, los mosquitos lo atormentaban con sus picaduras e iba a que Juan Vázquez lo curase, éste le decía: "Vámonos a nuestro convento, que allí no hay mosquitos". Y Fray Martín respondía: "¿Cómo hemos de merecer, si no damos de comer al hambriento?" __"¡Pero hermano, estos son mosquitos y no gente!__ "Sin embargo, se les debe dar de comer, que son criaturas de Dios", respondió el humilde fraile.
Es típico el caso de los ratones que infestaban la ropería y dañaban el vestuario. El remedio no fue ponerles trampas, sino decirles: "Hermanos, idos a la huerta, que allí hallaréis comida". Los ratones obedecieron puntualmente, y Fray Martín cuidaba de echarles los desperdicios de la comida. Y si alguno volvía a la ropería, el santo lo tomaba por la cola y lo echaba a la huerta, diciendo: "Vete adonde no hagas mal". Loa animales le seguían en fila muy obedientes. En una misma cacerola hacía comer al mismo tiempo a un gato, un perro y varios ratones.
Sus conocimientos no eran pocos para su época y, cuando asistía a los enfermos, solía decirles: "Yo te curo y Dios te sana". Todas las maravillas en la vida del santo hay que entenderlas asociadas con el profundo amor a Dios y al prójimo que lo caracterizaban.
Se sabe que Fray Martín y Santa Rosa de Lima, terciaria dominica, se conocieron y trataron algunas veces, aunque no se tienen detalles históricamente comprobados de sus entrevistas.
A los sesenta años, después de haber pasado 45 en religión, Fray Martín se sintió enfermo y claramente dijo que de esa enfermedad moriría. La conmoción en Lima fue general y el mismo virrey, conde de Chichón, se acercó al pobre lecho para besar la mano de aquél que se llamaba a sí mismo perro mulato. Mientras se le rezaba el Credo, Fray Martín, al oír las palabras "Et homo factus est", besando el crucifijo expiró plácidamente.
Murió el 3 de noviembre de 1639. Toda la ciudad acudió a su entierro y los milagros por su intercesión se multiplicaron.
Fue beatificado en 1837 por Gregorio XVI y canonizado el 6 de mayo de 1962 por el Papa Juan XXIII. En 1966 Pablo VI lo proclamó patrono de los peluqueros de Italia, porque en su juventud aprendió el oficio de barbero-cirujano, que luego, al ingresar en la Orden de Predicadores, ejerció ampliamente en favor de los pobres.
En la actualidad todavía se lo invoca contra la invasión de los ratones. Notas: ……….El Beato Martín es, en los Estados Unidos y en otros países, el patrono de las obras que promueven la armonía entre las razas y la justicia interracial; por ello existen varias biografías de tipo popular,………
domingo, 9 de octubre de 2011
MARÍA TRONO DE LA MISERICORDIA... SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
VUELVE A NOSOTROS ESOS
TUS OJOS MISERICORDIOSOS
María
es toda ojos para compadecerse de nosotros y socorrernos
San Epifanio llama a María "la de los muchos ojos"; la que es todo ojos para ver de socorrer a los necesitados. Exorcizaban a un poseído por el demonio; y al preguntarle el exorcista qué hacía María, respondió el poseso: "baja y sube". Quería decir, que esta benignísima Señora no hace otra cosa más que bajar a la tierra para traer gracias a los hombres, y subir al cielo para obtener el divino beneplácito para nuestras súplicas. Con razón san Andrés Avelino llama a la Virgen la administradora del Paraíso que de continuo se ocupa de obtener misericordia, impetrando gracias para todos, tanto justos como pecadores. "El Señor tiene los ojos sobre los justos" (Sal 33,16). Pero los ojos de la Señora, dice Ricardo de San Lorenzo, están vueltos, tanto hacia los justos como hacia los pecadores. Y es porque los ojos de María son ojos de madre, y la madre no sólo mira porque su hijo no caiga, sino para que, habiendo caído, lo pueda levantar.
Bien lo dio a entender el mismo Jesús a santa Brígida cuando le oyó que hablando a su Madre le decía: "Madre, pídeme lo que quieras". Esto es lo que siempre le está diciendo el Hijo a María, gozando en complacer a esta su amada Madre en todo lo que pide. Y ¿qué le pide María al Hijo? Santa Brígida oyó que ella le decía: "Pido misericordia para los pecadores". Como si dijese: "Hijo, tú me has nombrado Madre de la misericordia, refugio de los pecadores, abogada de los desgraciados y me dices que te pida lo que quiera. ¿Qué he de pedirte? Te pido que tengas misericordia de los necesitados". "Así que, oh María -le dice con ternura san Buenaventura- tú estás tan llena de misericordia, y tan atenta a socorrer a los necesitados, que parece que no tienes otro deseo ni otro afán más que éste". Y porque entre los necesitados, los más desgraciados de todos son los pecadores, afirma Beda el Venerable, María está siempre rogando al Hijo en favor de los pecadores.
Aun viviendo en la tierra, dice san Jerónimo, fue María de corazón tierno y piadoso con los humanos, que no ha habido persona que sufra tanto con las penas propias, como María con las de los demás. Bien demostró la compasión que sentía por las aflicciones ajenas en las bodas de Caná, como lo recordamos en anterior capítulo, cuando al ver que faltaba el vino, sin ser requerida, como escribe san Bernardino de Siena, tomó el oficio de piadosa consoladora. Y por pura compasión de la aflicción de aquellos recién casados, intercedió con su Hijo y obtuvo el milagro de la conversión del agua en vino.
Contemplando a María, le dice san Pedro Damiano: "¿Acaso por haber sido ensalzada como Reina del cielo te habrás olvidado de nosotros los miserables? Jamás se puede pensar semejante cosa. Nada tiene que ver con una piedad tan grande como la que hay en el corazón de María, el olvidarse de tan gran miseria como la nuestra". No va con María el proverbio "Honores mudan costumbres". Esto sucede a los mundanos que, ensalzados a cualquier dignidad, se llenan de soberbia y se olvidan de los amigos de antes que han quedado pobres; pero no sucede con María, que es feliz de verse tan ensalzada para poder así socorrer mejor a los necesitados. Considerando esto mismo san Buenaventura, le aplica a la Virgen las palabras del libro de Ruth: "Has sobrepujado tu primera bondad con la que manifiestas ahora" (Rt 3,10), queriendo decir, como él mismo lo declara, que si fue grande la piedad de María para con los necesitados cuando vivía en la tierra, mucho mayor es ahora que ella reina en el cielo. Y da la razón el santo diciendo que la Madre de Dios muestra ahora su total misericordia con las innumerables gracias que nos obtiene, porque ahora conoce mejor nuestras miserias. Por lo que, como el sol con su esplendor supera inmensamente al brillo de la luna, así la piedad de María, ahora que está en el cielo, supera a la piedad que tenía de los hombres cuando estaba en la tierra. ¿Quién hay en el mundo que no disfrute de los rayos del sol? Y ¿quién hay, sobre el que no resplandezca la misericordia de María?
Por eso ella fue llamada "elegida como el sol" (Ct 6,9), porque no hay nadie que quede excluido del calor de semejante sol, como dice san Buenaventura. Esto le reveló santa Inés, desde el cielo a santa Brígida, al decirle que nuestra Reina ahora que está unida a su Hijo en el cielo, no puede olvidarse de su innata bondad, aun para los pecadores más perdidos; de modo que, como los cuerpos se ven iluminados por el sol, así, por la dulzura de María no hay en el mundo quien, si se lo pide, no participe gracias a ella de la divina misericordia.
Un gran pecador, en el reino de Valencia, desesperado y, para no caer en manos de la justicia, había resuelto hacerse turco; y ya estaba para embarcarse, cuando pasó providencialmente ante una iglesia en la que predicaba acerca de la misericordia de Dios el P. Jerónimo López, jesuita; al oírlo, se convirtió y se confesó con el mismo padre. Este le preguntó si había tenido alguna devoción con Dios, que le hubiera merecido aquella gran misericordia. Le respondió el penitente que no había tenido más devoción que la de rezar todos los días a la Santísima Virgen pidiéndole que no lo abandonase. El mismo padre vio en el hospital a un pecador que desde hacía cincuenta años no se había confesado, y que sólo había tenido esta pequeña devoción de saludar a cualquier imagen de la Virgen que encontraba rogándole no lo dejara morir en pecado mortal. Y le contó además que, en una riña se le rompió la espalda. Entonces le rezó a la Virgen: "Ahora me mata y me condeno; Madre de los pecadores, ayúdame". Y dicho esto, se encontró, sin saber cómo, lejos y en lugar seguro. Hizo confesión general y murió lleno de confianza en Dios.
Escribe san Bernardo que María se hace todo para todos y que abre los senos de su misericordia, para que todos reciban de su plenitud; el esclavo la redención, el enfermo la salud, el afligido consuelo, el pecador perdón de sus culpas, Dios su gloria; de tal forma que no hay nadie que no participe de su calor, siendo el sol celestial. Dice san Buenaventura: "¿Habrá en el mundo quien no ame a esta amabilísima Reina? Ella es más hermosa que el sol, más dulce que la miel; ella es un tesoro de bondad llena de amor para todos, y con todos cariñosa y llena de atenciones. Por eso yo te saludo -dice el santo enamorado- oh Señora y Madre mía, mi corazón y mi alma. Discúlpame, oh María, si te digo que te amo, porque si no soy digno de amarte, tú sí que eres digna de ser amada por mí".
Se le reveló a santa Gertrudis que, cuando se dice a María con devoción esta plegaria: "Ea pues, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos", no puede María dejar de inclinarse en favor de la súplica de quien le ruega. "Gran Señora -le habla así san Bernardo- es tan enorme tu misericordia, que todo el mundo está lleno de ella". Y dice san Buenaventura que nuestra Madre tiene tanto deseo de hacer bien a todos, que se siente como ofendida por quienes no le piden nada. "Tú, Señora -le dice san Ildeberto- nos enseñas a esperar gracias mayores de las que merecemos, ya que no cesas de darnos constantemente gracias que superan con mucho lo que pudiéramos merecer".
Ya anunció el profeta Isaías que, con la gracia de la Redención de los hombres, había de establecerse para todos ellos, un trono de divina misericordia. "Su trono se ha de fundar sobre la misericordia" (Is 16,5). ¿Cuál es este trono?, pregunta san Buenaventura, y responde: Este trono es María, junto al cual, justos y pecadores, encuentran el consuelo de su misericordia. Así como el Señor está lleno de piedad, así también lo está nuestra Señora; y lo mismo que el Hijo, así también la Madre no sabe negar su misericordia a quien la invoca. El abad Guérrico hace hablar a Jesús de este modo dirigiéndose a su Madre: "Madre mía, en ti he colocado el trono de mi imperio, pues por tu medio concederé todas las gracias que se me pidan. Tú me has dado el ser hombre, y yo te doy el ser como Dios, o sea, todo el poder para ayudar a salvar a los que quieras".
Un día en que santa Gertrudis rezaba con afecto a la Madre de Dios aquella oración: "Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos", vio que la Santísima Virgen le indicaba los ojos del Hijo que tenía en brazos, y le decía: "Estos son los ojos misericordiosos que yo puedo inclinar para salvar a todos los que me invocan". Lloraba una vez un pecador ante una imagen de María, pidiéndole que le obtuviera el perdón de Dios; y oyó que la Virgen, vuelta hacia el niño que tenía en sus brazos le dijo: "¿Se perderán estas lágrimas, Hijo mío?" Y se le dio a entender que Jesucristo le había perdonado.
Y ¿cómo podrá perderse jamás el que se encomienda a esta buena Madre, cuando el Hijo, que es Dios, ha prometido por su amor, y porque a él así le place, tener misericordia con todos los que a ella se encomiendan? Esto le reveló el Señor a santa Brígida, haciéndole oír estas palabras que le decía a María: "Por mi omnipotencia, Madre venerada, te he concedido el perdón de todos los pecadores que invocan con piedad tu auxilio, de la manera que a ti te agrade". Considerando el abad Adán de Perseigne, el gran poder que tiene María para con Dios, y su gran piedad para con nosotros, desbordando confianza le dice: "¡Madre de misericordia, tan grande es tu poder, como tu piedad! Tan piadosa eres para perdonar, como poderosa para alcanzar perdón. ¿Cuándo se ha dado el caso de que no hayas tenido compasión de los desdichados siendo la Madre de la misericordia? Y ¿cuándo se ha visto que no puedas ayudar, siendo la Madre del Todopoderoso? Con la misma facilidad con que conoces nuestras miserias, las remedias cuando quieres". Alégrate -le dice el abad Ruperto- alégrate, excelsa Reina, de la gloria de tu Hijo, y por compasión, no por nuestros méritos, danos de lo que te sobra a nosotros tus humildes siervos e hijos.
Y si tal vez nuestros pecados nos hacen desconfiar, digámosle con Guillermo de París: Señora, no presentes mis pecados en mi contra, porque yo les opondré tu misericordia. Y jamás se diga que mis pecados pueden competir y vencer a tu misericordia, que es más poderosa para obtenerme el perdón, que todos mis pecados para condenarme.
San Epifanio llama a María "la de los muchos ojos"; la que es todo ojos para ver de socorrer a los necesitados. Exorcizaban a un poseído por el demonio; y al preguntarle el exorcista qué hacía María, respondió el poseso: "baja y sube". Quería decir, que esta benignísima Señora no hace otra cosa más que bajar a la tierra para traer gracias a los hombres, y subir al cielo para obtener el divino beneplácito para nuestras súplicas. Con razón san Andrés Avelino llama a la Virgen la administradora del Paraíso que de continuo se ocupa de obtener misericordia, impetrando gracias para todos, tanto justos como pecadores. "El Señor tiene los ojos sobre los justos" (Sal 33,16). Pero los ojos de la Señora, dice Ricardo de San Lorenzo, están vueltos, tanto hacia los justos como hacia los pecadores. Y es porque los ojos de María son ojos de madre, y la madre no sólo mira porque su hijo no caiga, sino para que, habiendo caído, lo pueda levantar.
Bien lo dio a entender el mismo Jesús a santa Brígida cuando le oyó que hablando a su Madre le decía: "Madre, pídeme lo que quieras". Esto es lo que siempre le está diciendo el Hijo a María, gozando en complacer a esta su amada Madre en todo lo que pide. Y ¿qué le pide María al Hijo? Santa Brígida oyó que ella le decía: "Pido misericordia para los pecadores". Como si dijese: "Hijo, tú me has nombrado Madre de la misericordia, refugio de los pecadores, abogada de los desgraciados y me dices que te pida lo que quiera. ¿Qué he de pedirte? Te pido que tengas misericordia de los necesitados". "Así que, oh María -le dice con ternura san Buenaventura- tú estás tan llena de misericordia, y tan atenta a socorrer a los necesitados, que parece que no tienes otro deseo ni otro afán más que éste". Y porque entre los necesitados, los más desgraciados de todos son los pecadores, afirma Beda el Venerable, María está siempre rogando al Hijo en favor de los pecadores.
Aun viviendo en la tierra, dice san Jerónimo, fue María de corazón tierno y piadoso con los humanos, que no ha habido persona que sufra tanto con las penas propias, como María con las de los demás. Bien demostró la compasión que sentía por las aflicciones ajenas en las bodas de Caná, como lo recordamos en anterior capítulo, cuando al ver que faltaba el vino, sin ser requerida, como escribe san Bernardino de Siena, tomó el oficio de piadosa consoladora. Y por pura compasión de la aflicción de aquellos recién casados, intercedió con su Hijo y obtuvo el milagro de la conversión del agua en vino.
Contemplando a María, le dice san Pedro Damiano: "¿Acaso por haber sido ensalzada como Reina del cielo te habrás olvidado de nosotros los miserables? Jamás se puede pensar semejante cosa. Nada tiene que ver con una piedad tan grande como la que hay en el corazón de María, el olvidarse de tan gran miseria como la nuestra". No va con María el proverbio "Honores mudan costumbres". Esto sucede a los mundanos que, ensalzados a cualquier dignidad, se llenan de soberbia y se olvidan de los amigos de antes que han quedado pobres; pero no sucede con María, que es feliz de verse tan ensalzada para poder así socorrer mejor a los necesitados. Considerando esto mismo san Buenaventura, le aplica a la Virgen las palabras del libro de Ruth: "Has sobrepujado tu primera bondad con la que manifiestas ahora" (Rt 3,10), queriendo decir, como él mismo lo declara, que si fue grande la piedad de María para con los necesitados cuando vivía en la tierra, mucho mayor es ahora que ella reina en el cielo. Y da la razón el santo diciendo que la Madre de Dios muestra ahora su total misericordia con las innumerables gracias que nos obtiene, porque ahora conoce mejor nuestras miserias. Por lo que, como el sol con su esplendor supera inmensamente al brillo de la luna, así la piedad de María, ahora que está en el cielo, supera a la piedad que tenía de los hombres cuando estaba en la tierra. ¿Quién hay en el mundo que no disfrute de los rayos del sol? Y ¿quién hay, sobre el que no resplandezca la misericordia de María?
Por eso ella fue llamada "elegida como el sol" (Ct 6,9), porque no hay nadie que quede excluido del calor de semejante sol, como dice san Buenaventura. Esto le reveló santa Inés, desde el cielo a santa Brígida, al decirle que nuestra Reina ahora que está unida a su Hijo en el cielo, no puede olvidarse de su innata bondad, aun para los pecadores más perdidos; de modo que, como los cuerpos se ven iluminados por el sol, así, por la dulzura de María no hay en el mundo quien, si se lo pide, no participe gracias a ella de la divina misericordia.
Un gran pecador, en el reino de Valencia, desesperado y, para no caer en manos de la justicia, había resuelto hacerse turco; y ya estaba para embarcarse, cuando pasó providencialmente ante una iglesia en la que predicaba acerca de la misericordia de Dios el P. Jerónimo López, jesuita; al oírlo, se convirtió y se confesó con el mismo padre. Este le preguntó si había tenido alguna devoción con Dios, que le hubiera merecido aquella gran misericordia. Le respondió el penitente que no había tenido más devoción que la de rezar todos los días a la Santísima Virgen pidiéndole que no lo abandonase. El mismo padre vio en el hospital a un pecador que desde hacía cincuenta años no se había confesado, y que sólo había tenido esta pequeña devoción de saludar a cualquier imagen de la Virgen que encontraba rogándole no lo dejara morir en pecado mortal. Y le contó además que, en una riña se le rompió la espalda. Entonces le rezó a la Virgen: "Ahora me mata y me condeno; Madre de los pecadores, ayúdame". Y dicho esto, se encontró, sin saber cómo, lejos y en lugar seguro. Hizo confesión general y murió lleno de confianza en Dios.
Escribe san Bernardo que María se hace todo para todos y que abre los senos de su misericordia, para que todos reciban de su plenitud; el esclavo la redención, el enfermo la salud, el afligido consuelo, el pecador perdón de sus culpas, Dios su gloria; de tal forma que no hay nadie que no participe de su calor, siendo el sol celestial. Dice san Buenaventura: "¿Habrá en el mundo quien no ame a esta amabilísima Reina? Ella es más hermosa que el sol, más dulce que la miel; ella es un tesoro de bondad llena de amor para todos, y con todos cariñosa y llena de atenciones. Por eso yo te saludo -dice el santo enamorado- oh Señora y Madre mía, mi corazón y mi alma. Discúlpame, oh María, si te digo que te amo, porque si no soy digno de amarte, tú sí que eres digna de ser amada por mí".
Se le reveló a santa Gertrudis que, cuando se dice a María con devoción esta plegaria: "Ea pues, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos", no puede María dejar de inclinarse en favor de la súplica de quien le ruega. "Gran Señora -le habla así san Bernardo- es tan enorme tu misericordia, que todo el mundo está lleno de ella". Y dice san Buenaventura que nuestra Madre tiene tanto deseo de hacer bien a todos, que se siente como ofendida por quienes no le piden nada. "Tú, Señora -le dice san Ildeberto- nos enseñas a esperar gracias mayores de las que merecemos, ya que no cesas de darnos constantemente gracias que superan con mucho lo que pudiéramos merecer".
Ya anunció el profeta Isaías que, con la gracia de la Redención de los hombres, había de establecerse para todos ellos, un trono de divina misericordia. "Su trono se ha de fundar sobre la misericordia" (Is 16,5). ¿Cuál es este trono?, pregunta san Buenaventura, y responde: Este trono es María, junto al cual, justos y pecadores, encuentran el consuelo de su misericordia. Así como el Señor está lleno de piedad, así también lo está nuestra Señora; y lo mismo que el Hijo, así también la Madre no sabe negar su misericordia a quien la invoca. El abad Guérrico hace hablar a Jesús de este modo dirigiéndose a su Madre: "Madre mía, en ti he colocado el trono de mi imperio, pues por tu medio concederé todas las gracias que se me pidan. Tú me has dado el ser hombre, y yo te doy el ser como Dios, o sea, todo el poder para ayudar a salvar a los que quieras".
Un día en que santa Gertrudis rezaba con afecto a la Madre de Dios aquella oración: "Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos", vio que la Santísima Virgen le indicaba los ojos del Hijo que tenía en brazos, y le decía: "Estos son los ojos misericordiosos que yo puedo inclinar para salvar a todos los que me invocan". Lloraba una vez un pecador ante una imagen de María, pidiéndole que le obtuviera el perdón de Dios; y oyó que la Virgen, vuelta hacia el niño que tenía en sus brazos le dijo: "¿Se perderán estas lágrimas, Hijo mío?" Y se le dio a entender que Jesucristo le había perdonado.
Y ¿cómo podrá perderse jamás el que se encomienda a esta buena Madre, cuando el Hijo, que es Dios, ha prometido por su amor, y porque a él así le place, tener misericordia con todos los que a ella se encomiendan? Esto le reveló el Señor a santa Brígida, haciéndole oír estas palabras que le decía a María: "Por mi omnipotencia, Madre venerada, te he concedido el perdón de todos los pecadores que invocan con piedad tu auxilio, de la manera que a ti te agrade". Considerando el abad Adán de Perseigne, el gran poder que tiene María para con Dios, y su gran piedad para con nosotros, desbordando confianza le dice: "¡Madre de misericordia, tan grande es tu poder, como tu piedad! Tan piadosa eres para perdonar, como poderosa para alcanzar perdón. ¿Cuándo se ha dado el caso de que no hayas tenido compasión de los desdichados siendo la Madre de la misericordia? Y ¿cuándo se ha visto que no puedas ayudar, siendo la Madre del Todopoderoso? Con la misma facilidad con que conoces nuestras miserias, las remedias cuando quieres". Alégrate -le dice el abad Ruperto- alégrate, excelsa Reina, de la gloria de tu Hijo, y por compasión, no por nuestros méritos, danos de lo que te sobra a nosotros tus humildes siervos e hijos.
Y si tal vez nuestros pecados nos hacen desconfiar, digámosle con Guillermo de París: Señora, no presentes mis pecados en mi contra, porque yo les opondré tu misericordia. Y jamás se diga que mis pecados pueden competir y vencer a tu misericordia, que es más poderosa para obtenerme el perdón, que todos mis pecados para condenarme.
San
Alfonso María de Ligorio. Las Glorias de María.
viernes, 1 de julio de 2011
EL CORAZON DE JESUS Y MARIA
"El corazón de la paz, es la paz de los corazones" -Juan Pablo II.
Jesús a Santa Faustina: "Has de saber hija mía, que mi corazón es la Misericordia misma. Desde este mar de Misericordia las Gracias se derraman sobre el mundo entero. Ningún alma que se haya acercado a Mí ha partido sin haber sido consolada. Cada miseria se hunde en mi Misericordia y de este manantial brota toda Gracia salvadora y santificante..." (Diario de Sor Faustina # 1777)Si quieres ser uno con Jesús, medita en oración sus palabras y sus acciones. Entonces, con María, pídele al Espíritu Santo entrar en el corazón de Jesús y vivir en en su mismo querer, sentir y actuar hasta que los dos corazones, el de Jesús y el tuyo, sean uno. Entonces podrás decir con San Pablo: ¨Ya no vivo yo quien vive, es Cristo quien vive en mï".
-Padre Jordi RiveroCORAZON
El corazón representa la sede de los afectos y sentimientos. Las Sagradas Escrituras revelan el amor infinito de Dios que nos creó a sus imagen, capaces de amar. Jesús confirmó el Mandamiento principal de Dios: "amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. (Marcos 12,30).El pecado endurece el corazón y permite al espíritu maligno apartarnos del amor. Por eso Dios prometió: "Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne". (Ez 36,26)Tanto amó Dios al mundo que envió a su único Hijo. El nos amó y nos ama con un corazón humano que revela el infinito amor de Dios. El corazón traspasado de Jesús en la cruz revela su amor que es el amor del Padre.A través de los siglos Jesús y María Santísima han revelado sus corazones a numerosos santos. Sus vidas y los mensajes que recibieron de Jesús y de María nos permiten adentrarnos en el misterio del amor de los corazones.
sábado, 25 de junio de 2011
HISTORIA DE SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO.
Notas Biográficas 1696- 1787
Alfonso María de Ligorio, escritor, poeta, músico, obispo, doctor de la Iglesia, y patrono de los moralistas, nació en Marianella, cerca de Nápoles, el 27 de Diciembre de 1696. Era el primogénito de los ocho hijos nacidos del noble José de Ligorio y Ana María Catalina Cavalieri.
Dedicado de pequeño al estudio, adquirió el dominio del toscano, el latín, el griego, el francés (lengua usual de la sociedad civil) y del español (lengua de estado). Aprendió filosofía (que entonces comprendía también las ciencias matemáticas), equitación, esgrima, música, dibujo, pintura y hasta arquitectura. Con una precocidad increíble, a los 12 años Alfonso había terminado sus estudios secundarios, y se había inscrito en la facultad de jurisprudencia de Nápoles.
En 1715 ingresó en la Cofradía de los Doctores y se dedicó a la asistencia de los enfermos más pobres internados en el hospital de Nápoles, Santa María del Pueblo, siniestramente llamado "de incurables".
Alfonso ejerció la abogacía con arrolladores y continuos éxitos. Pero al décimo año de su experiencia en tribunales, paso una durísima prueba y maduró en el la elección por la vida sacerdotal.
El 27 de Agosto de 1723 delante de la imagen de la Virgen prometió consagrarse al servicio exclusivo de Dios y de los necesitados, y de convertirse al sacerdocio. A los treinta años cumplidos, el 21 de Diciembre de 1726, recibió la ordenación sacerdotal.
Se insertó inmediatamente y a tiempo completo en la actividad pastoral de la diócesis de Nápoles en favor de la gente de los montes y del campo, compartiendo con ellos las incomodidades.
En el verano de 1730 en Scala, un pequeño pueblo de Salernitano, en los coloquios tenidos con Sor María Celeste Crostrarosa, San Alfonso maduró la convicción de ser llamado por Dios para fundar una congregación de sacerdotes y laicos para la evangelización y salvación de los más pobres.
El nacimiento oficial y solemne de la Congregación del Santísimo Redentor tuvo lugar en Scala el 11 de Noviembre de 1732. El 25 de febrero de 1749 fue aprobado conjuntamente con la regla de Benito XIV, quien hacia el año 1750 compuso una gramática Italiana.
Como escritor, Alfonso era popular. Publicó ciento once obras, entre grandes y pequeñas, algunas de las cuales han alcanzado decenas de ediciones, como las visitas al SS., Las Máximas Eternas, La Práctica de Amar a Jesucristo. Su obra más bonita son las Glorias de María, que registró una de las mayores tiradas entre las obras marianas de todos los tiempos, un millar de ediciones en 1750.
Además de escritor y pintor fue un valiosísimo músico. Su canción más célebre, rica en auténticos valores espirituales y poéticos es «Tú Bajas de las Estrellas», un canto navideño compuesto y musicalizado en 1755 durante la predicación de una misión.
Fue nombrado obispo por el Papa Clemente XIII el 9 de Marzo de 1762. Su ordenación episcopal fue el 20 de Junio en la Iglesia de Sta. María, en Minerva. Como obispo se mostró cuidadoso, atento y paternal con los pobres y los seminaristas, en quienes veía prolongar la acción de la Salvación de Cristo.
En el 1772, elegido Papa Clemente XIV, San Alfonso pidió ser exonerado de la dignidad episcopal con motivo de su avanzada edad y de la artrosis cervical que lo había afectado. En el 1775 Pio VI no pudo negarle la solicitud de su renuncia porque ya el santo se encontraba en una situación que daba lástima, medio ciego y sordo, tan oprimido por tantas enfermedades que ya no parecía más ser un hombre. Murió serenamente el 1 de Agosto de 1787.
viernes, 24 de junio de 2011
ORACION POR LA SANTA MISION. PARROQUIA SANTISIMA TRINIDAD.MANAGUA.
TE ALABAMOS, TE BENDECIMOS Y TE GLORIFICAMOS PADRE SANTO
PORQUE HAS ESCUCHADO EL CLAMOR DE NUESTRAS COMUNIDADES
Y HAS DISPUESTOS A HOMBRES, MUJERES JOVENES Y NIÑOS A ESTA
SANTA MISIÓN.
PEDIMOS TU SANTO ESPÍRITU PARA QUE NOS DIRIJA E IMPULSE
A EVANGELIZAR NUESTRA PARROQUIA , PARA ESCUCHAR TU LLAMADA.
MADRE SANTISIMA PEDIMOS TU INTERCEPCION PARA QUE PODAMOS
ATENDER LO QUE ÉL NOS DICE Y ASI PODAMOS HACER SU VOLUNTAD.
DERRAMA TU AMOR EN NUESTRAS FAMILIAS Y COMUNIDADES PARA QUE
TU SEÑOR EDIFIQUES NUESTROS HOGARES COMO PEQUEÑAS IGLESIAS
DOMESTICAS. TE LO PEDIMOS POR NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO.
AMEN.
PORQUE HAS ESCUCHADO EL CLAMOR DE NUESTRAS COMUNIDADES
Y HAS DISPUESTOS A HOMBRES, MUJERES JOVENES Y NIÑOS A ESTA
SANTA MISIÓN.
PEDIMOS TU SANTO ESPÍRITU PARA QUE NOS DIRIJA E IMPULSE
A EVANGELIZAR NUESTRA PARROQUIA , PARA ESCUCHAR TU LLAMADA.
MADRE SANTISIMA PEDIMOS TU INTERCEPCION PARA QUE PODAMOS
ATENDER LO QUE ÉL NOS DICE Y ASI PODAMOS HACER SU VOLUNTAD.
DERRAMA TU AMOR EN NUESTRAS FAMILIAS Y COMUNIDADES PARA QUE
TU SEÑOR EDIFIQUES NUESTROS HOGARES COMO PEQUEÑAS IGLESIAS
DOMESTICAS. TE LO PEDIMOS POR NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO.
AMEN.
viernes, 3 de junio de 2011
SOBRE EL JUBILEO DE LAS 40 HORAS ANTE EL SANTISIMO
Sobre el Jubileo de las 40 Horas
Raíces bíblicas y de la Tradición
Para celebrar la
Pascua del Señor, era ya una de las costumbres de los cristianos de
los primeros siglos, juntarse para ayunar, hacer penitencia, orar y
cantar salmos durante cuarenta horas, en memoria del tiempo que el
Salvador del mundo permaneció en el sepulcro. De esta manera, durante
este tiempo sagrado, estos cristianos, asociándose con profundidad a
la muerte redentora del Señor, hacían más perfecta su participación en
la celebración de su resurrección en la liturgia pascual.
Este tiempo lo
computaban, desde el viernes, a la hora de nona (3 de la tarde), en
que murió Cristo (Lc 23,44), hasta el amanecer del domingo, hacia las 7
horas, en el que resucitó (Mt 28,1). Tres días, pues, permaneció
muerto el Señor en el sepulcro.
Esta manera de
interpretar el tiempo de permanencia de Jesús en el sepulcro tiene una
significación propia en la Sagrada Escritura. El número cuarenta
puede significar sin más un largo período de tiempo, como cuando se
dice que Saúl reinó cuarenta años (Hch 13,21), David cuarenta (1Cro
29,27) y Salomón cuarenta (2 Cro 9,30). Pero en otras ocasiones
"cuarenta" señala un tiempo largo de purificación o de abatimiento,
previo a una gracia muy alta o una especial exaltación. Son cuarenta,
por ejemplo, los días que dura la purificación enorme del Diluvio (Gén
7,12; 7,17). Cuarenta años dura para Israel la prueba del desierto,
antes de entrar en la Tierra prometida (Dt 8, 2; Núm 14, 33-34; Hch
13, 18). Cuarenta días y noches pasa Moisés solo en el Sinaí, en
oración y ayuno, antes de recibir la Ley divina (Ex 24,18; 34,28).
Cuarenta días y noches, con la fuerza del alimento misterioso que le
da un ángel, Elías camina hasta el monte Horeb (1Re 19,8). Jesús
permanece cuarenta días y noches a solas en el desierto, antes de
iniciar su misión pública en medio de Israel (Mc 1,13). Cuarenta horas
permanece muerto. Y una vez resucitado, antes de ascender al cielo,
se aparece a sus discípulos durante cuarenta días (Hch 1,3).
Tiempos difíciles
En el siglo XVI, esta
devoción comenzó a adquirir mucha importancia en las iglesias de Milán
y de Roma. Eran muy graves las situaciones que atentaban contra la
Iglesia. Eran los tiempos de la Reforma Protestante y de las
invasiones de los turcos. Además, como sucede hoy en día, eran también
tiempos de relajación de costumbres, producto de la época
renacentista.
Fueron muchos los
santos sacerdotes que contribuyeron en el afianzamiento y extensión de
esta devoción, muy en especial, San Carlos Borromeo, quien le dio su
actual configuración: Jubileo de Cuarenta Horas, en el que se expone
solemnemente al Santísimo Sacramento, para que los fieles, en el
curso de tres días, puedan adorar al Señor sacramentado, con la
oración y la penitencia.
En 1592, el Papa
Clemente VIII, mediante la Encíclica Graves et diuturnae, después de
un claro y valiente, pero humilde diagnóstico de la alarmante
situación de la Iglesia en esos tiempos, ordena que se establezca
públicamente en Roma "la piadosa y saludable oración de las cuarenta
horas" en las basílicas y en todas las iglesias para que "día y noche,
en todos los lugares y a lo largo de todo el año se alce al Señor,
sin interrupción alguna, el incienso de la oración".
Extensión de la devoción
Posteriormente, en el
siglo XIX, esta devoción se fortaleció nuevamente, cuando la Sede de
Pedro estaba sufriendo las humillaciones de la época napoleónica. La
Iglesia rogó mucho ante el Santísimo Sacramento por el feliz regreso
del Papa a Roma. A partir de este momento la devoción se afianzó en
Roma y comenzó a extenderse por el mundo católico.
miércoles, 1 de junio de 2011
EL ESPÍRITU SANTO Y MARIA
El
Espíritu Santo y María, modelo de la unión nupcial de Dios con la
humanidad
La Iglesia,
edificada por Cristo sobre los apóstoles, se hace plenamente
consciente de estas grandes obras de Dios el día de Pentecostés,
cuando los reunidos en el cenáculo « quedaron todos llenos del
Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el
Espíritu les concedía expresarse » (Hch 2, 4). Desde aquel momento
inicia también aquel camino de fe, la peregrinación de la Iglesia a
través de la historia de los hombres y de los pueblos. Se sabe que
al comienzo de este camino está presente María, que vemos en medio
de los apóstoles en el cenáculo «implorando con sus ruegos el don
del Espíritu».59
Su camino de fe es, en cierto modo, más largo. El Espíritu Santo ya ha descendido a ella, que se ha convertido en su esposa fiel en la anunciación, acogiendo al Verbo de Dios verdadero, prestando « el homenaje del entendimiento y de la voluntad, y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por El», más aún abandonándose plenamente en Dios por medio de «la obediencia de la fe »,60 por la que respondió al ángel: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». El camino de fe de María, a la que vemos orando en el cenáculo, es por lo tanto «más largo » que el de los demás reunidos allí: María les «precede», «marcha delante de» ellos.61 El momento de Pentecostés en Jerusalén ha sido preparado, además de la Cruz, por el momento de la Anunciación en Nazaret. En el cenáculo el itinerario de María se encuentra con el camino de la fe de la Iglesia ¿De qué manera?
Entre los que en el cenáculo eran asiduos en la oración, preparándose para ir « por todo el mundo » después de haber recibido el Espíritu Santo, algunos habían sido llamados por Jesús sucesivamente desde el inicio de su misión en Israel. Once de ellos habían sido constituidos apóstoles, y a ellos Jesús había transmitido la misión que él mismo había recibido del Padre: « Como el Padre me envió, también yo os envío » (Jn 20, 21), había dicho a los apóstoles después de la resurrección. Y cuarenta días más tarde, antes de volver al Padre, había añadido: cuando « el Espíritu Santo vendrá sobre vosotros ... seréis mis testigos... hasta los confines de la tierra » (cf. Hch 1, 8). Esta misión de los apóstoles comienza en el momento de su salida del cenáculo de Jerusalén. La Iglesia nace y crece entonces por medio del testimonio que Pedro y los demás apóstoles dan de Cristo crucificado y resucitado (cf. Hch 2, 31-34; 3, 15-18; 4, 10-12; 5, 30-32).
María no ha recibido directamente esta misión apostólica. No se encontraba entre los que Jesús envió « por todo el mundo para enseñar a todas las gentes » (cf. Mt 28, 19), cuando les confirió esta misión. Estaba, en cambio, en el cenáculo, donde los apóstoles se preparaban a asumir esta misión con la venida del Espíritu de la Verdad: estaba con ellos. En medio de ellos María « perseveraba en la oración » como « madre de Jesús » (Hch 1, 13-14), o sea de Cristo crucificado y resucitado. Y aquel primer núcleo de quienes en la fe miraban « a Jesús como autor de la salvación »,62 era consciente de que Jesús era el Hijo de María, y que ella era su madre, y como tal era, desde el momento de la concepción y del nacimiento, un testigo singular del misterio de Jesús, de aquel misterio que ante sus ojos se había manifestado y confirmado con la Cruz y la resurrección. La Iglesia, por tanto, desde el primer momento, «miró» a María, a través de Jesús, como «miró» a Jesús a través de María. Ella fue para la Iglesia de entonces y de siempre un testigo singular de los años de la infancia de Jesús y de su vida oculta en Nazaret, cuando « conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón » (Lc 2, 19; cf. Lc 2, 51).
Pero en la Iglesia de entonces y de siempre María ha sido y es sobre todo la que es « feliz porque ha creído »: ha sido la primera en creer. Desde el momento de la anunciación y de la concepción, desde el momento del nacimiento en la cueva de Belén, María siguió paso tras paso a Jesús en su maternal peregrinación de fe. Lo siguió a través de los años de su vida oculta en Nazaret; lo siguió también en el período de la separación externa, cuando él comenzó a « hacer y enseñar » (cf. Hch 1, 1 ) en Israel; lo siguió sobre todo en la experiencia trágica del Gólgota. Mientras María se encontraba con los apóstoles en el cenáculo de Jerusalén en los albores de la Iglesia, se confirmaba su fe, nacida de las palabras de la anunciación. El ángel le había dicho entonces: « Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande.. reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin » (Lc 1, 32-33). Los recientes acontecimientos del Calvario habían cubierto de tinieblas aquella promesa; y ni siquiera bajo la Cruz había disminuido la fe de María. Ella también, como Abraham, había sido la que « esperando contra toda esperanza, creyó » (Rom 4, 18). Y he aquí que, después de la resurrección, la esperanza había descubierto su verdadero rostro y la promesa había comenzado a transformarse en realidad. En efecto, Jesús, antes de volver al Padre, había dicho a los apóstoles: « Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes ... Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 19.20). Así había hablado el que, con su resurrección, se reveló como el triunfador de la muerte, como el señor del reino que «no tendrá fin », conforme al anuncio del ángel. (Redemptoris Mater, 26).
Su camino de fe es, en cierto modo, más largo. El Espíritu Santo ya ha descendido a ella, que se ha convertido en su esposa fiel en la anunciación, acogiendo al Verbo de Dios verdadero, prestando « el homenaje del entendimiento y de la voluntad, y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por El», más aún abandonándose plenamente en Dios por medio de «la obediencia de la fe »,60 por la que respondió al ángel: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». El camino de fe de María, a la que vemos orando en el cenáculo, es por lo tanto «más largo » que el de los demás reunidos allí: María les «precede», «marcha delante de» ellos.61 El momento de Pentecostés en Jerusalén ha sido preparado, además de la Cruz, por el momento de la Anunciación en Nazaret. En el cenáculo el itinerario de María se encuentra con el camino de la fe de la Iglesia ¿De qué manera?
Entre los que en el cenáculo eran asiduos en la oración, preparándose para ir « por todo el mundo » después de haber recibido el Espíritu Santo, algunos habían sido llamados por Jesús sucesivamente desde el inicio de su misión en Israel. Once de ellos habían sido constituidos apóstoles, y a ellos Jesús había transmitido la misión que él mismo había recibido del Padre: « Como el Padre me envió, también yo os envío » (Jn 20, 21), había dicho a los apóstoles después de la resurrección. Y cuarenta días más tarde, antes de volver al Padre, había añadido: cuando « el Espíritu Santo vendrá sobre vosotros ... seréis mis testigos... hasta los confines de la tierra » (cf. Hch 1, 8). Esta misión de los apóstoles comienza en el momento de su salida del cenáculo de Jerusalén. La Iglesia nace y crece entonces por medio del testimonio que Pedro y los demás apóstoles dan de Cristo crucificado y resucitado (cf. Hch 2, 31-34; 3, 15-18; 4, 10-12; 5, 30-32).
María no ha recibido directamente esta misión apostólica. No se encontraba entre los que Jesús envió « por todo el mundo para enseñar a todas las gentes » (cf. Mt 28, 19), cuando les confirió esta misión. Estaba, en cambio, en el cenáculo, donde los apóstoles se preparaban a asumir esta misión con la venida del Espíritu de la Verdad: estaba con ellos. En medio de ellos María « perseveraba en la oración » como « madre de Jesús » (Hch 1, 13-14), o sea de Cristo crucificado y resucitado. Y aquel primer núcleo de quienes en la fe miraban « a Jesús como autor de la salvación »,62 era consciente de que Jesús era el Hijo de María, y que ella era su madre, y como tal era, desde el momento de la concepción y del nacimiento, un testigo singular del misterio de Jesús, de aquel misterio que ante sus ojos se había manifestado y confirmado con la Cruz y la resurrección. La Iglesia, por tanto, desde el primer momento, «miró» a María, a través de Jesús, como «miró» a Jesús a través de María. Ella fue para la Iglesia de entonces y de siempre un testigo singular de los años de la infancia de Jesús y de su vida oculta en Nazaret, cuando « conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón » (Lc 2, 19; cf. Lc 2, 51).
Pero en la Iglesia de entonces y de siempre María ha sido y es sobre todo la que es « feliz porque ha creído »: ha sido la primera en creer. Desde el momento de la anunciación y de la concepción, desde el momento del nacimiento en la cueva de Belén, María siguió paso tras paso a Jesús en su maternal peregrinación de fe. Lo siguió a través de los años de su vida oculta en Nazaret; lo siguió también en el período de la separación externa, cuando él comenzó a « hacer y enseñar » (cf. Hch 1, 1 ) en Israel; lo siguió sobre todo en la experiencia trágica del Gólgota. Mientras María se encontraba con los apóstoles en el cenáculo de Jerusalén en los albores de la Iglesia, se confirmaba su fe, nacida de las palabras de la anunciación. El ángel le había dicho entonces: « Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande.. reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin » (Lc 1, 32-33). Los recientes acontecimientos del Calvario habían cubierto de tinieblas aquella promesa; y ni siquiera bajo la Cruz había disminuido la fe de María. Ella también, como Abraham, había sido la que « esperando contra toda esperanza, creyó » (Rom 4, 18). Y he aquí que, después de la resurrección, la esperanza había descubierto su verdadero rostro y la promesa había comenzado a transformarse en realidad. En efecto, Jesús, antes de volver al Padre, había dicho a los apóstoles: « Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes ... Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 19.20). Así había hablado el que, con su resurrección, se reveló como el triunfador de la muerte, como el señor del reino que «no tendrá fin », conforme al anuncio del ángel. (Redemptoris Mater, 26).
lunes, 30 de mayo de 2011
FRANCISCO UN LAICO QUE ES TEOLOGIA
Francisco:
un laico que hace teología
Jerónimo Bórmida
Francisco fue uno de los teólogos más
notables en la historia del cristianismo... Más aún, si teólogo es aquel que
experimenta fuertemente a Dios en su vida y que además tiene la capacidad de
expresar esa vivencia en fórmulas gestuales, habladas o escritas, entonces el
pobrecito de Asís fue uno de los teólogos eminentes no sólo en el ámbito
eclesial, sino en la historia de la humanidad. Francisco fue un teólogo
“laico”: no fue ni un profesional de la religión ni un dirigente ordenado
de la iglesia institucional.
Se ha estudiado suficientemente acerca del
grado de instrucción civil y religioso que poseyó Francisco[1], pero no es éste el punto. Un gran experto en la “ciencia de
Dios” puede ser analfabeto y lo demuestran muchos de los grandes místicos
del cristianismo. Lamentablemente los axiomas prejuiciales, clásicos en la
iglesia, reservan la teología a los clérigos y a los universitarios. Un ejemplo:
el Dizionario Francescano[2], al tratar el tema de la iglesia, afirma que Francisco era lo
suficientemente ignorante e idiota como para no ser capaz de elaborar una
eclesiología. Parece que solamente los doctos y titulados pueden pensar a Dios y
hablar de Dios.
Teología popular y teología científica
Todo ser humano, en cuanto humano, por el
simple hecho de ser tal, tiene alguna experiencia de Dios y por lo tanto es
“teólogo”, porque ha realizado algún tipo de reflexión, a nivel más o
menos consciente, sobre su propia experiencia. Como todo individuo es impensable
sin comunidad, este conocimiento humano acerca de Dios y de lo que Dios quiere
para el hombre, lo encontramos codificado en sistemas de creencias, (conjunto de
experiencias, tomas de conciencia, formulaciones) que se ubican en el campo de
las cosmovisiones, llámense éstas religiones, culturas, ideologías o
espiritualidades. Estos sistemas pueden ser llamados, sin reservas, verdaderas
teologías populares.
Todo humano confiesa, con sus palabras y
sus gestos, con su teoría y su praxis, una serie de creencias acerca de Dios y
de la voluntad de Dios. Incluso aquél que afirma que Dios no existe, o que si
existe no puede ser conocido, o que arguye que si existiera no pudiera permitir
el mal en el mundo... ese tal elabora una teología. A nivel de creencias
populares encontramos un tratado de Dios, marcadamente "económico":
doctrinas sobre la gracia, la salvación y la perdición, la pertenencia a la
Iglesia, la celebración de los sacramentos, el proyecto humano y la escatología,
etc., etc.
Si la teología "popular" es una
sistematización simbólica de la fe, hay que tener en cuenta que no hay
una teología popular: existen tantas "escuelas" teológicas
populares como diferentes son los caldos de cultivo donde éstas nacen y crecen.
Francisco de Asís nos ofrece, en el contexto medieval, una síntesis genial de
una teología popular madurada durante varios siglos al margen de los monasterios
y de las universidades.
jueves, 19 de mayo de 2011
SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO
Solía decir Alfonso que el mayor peligro del sacerdote activo
es querer inflamar a los otros sin mantener en si mismo la llama
divina. Con la perspicacia del hombre dirigido por el espíritu
de Dios, había comprendido que la acción debe nacer
de la contemplación, que el celo apostólico debe
ser una consecuencia de la vida interior. La oración y la
penitencia eran el alimento de la suya. Dormía sobre la
tierra desnuda, comía arrodillado o sentado en el suelo,
se flagelaba cada día varias veces, metía piedrecitas
en el calzado para no olvidar un solo momento el espíritu
de mortificación, y su oración se prolongaba durante
las horas de la noche, muchas veces en medio de la desolación
y la angustia. «Voy a Jesús, y me rechaza—decía
en los primeros tiempos de su ministerio sacerdotal—; voy
a María y no me responde.» Su figura ascética
hacía tanta impresión en las almas como el ardor
místico que encendía su elocuencia. Cuando hablaba
del amor o de la penitencia, bastaba mirar su rostro iluminado
y extenuado. Los que le escuchaban, echábanse a llorar y
se convertían. Algunos sacerdotes, deseosos de imitar su
vida, se unieron a él y le pidieron un reglamento de vida;
y un día de 1732 los napolitanos vieron con estupefacción
que el abogado insigne, el predicador famoso en todo el reino,
abandonaba el palacio familiar y, montando en un asno, atravesaba
las calles de la ciudad y desaparecía en la llanura.
En la costa pintoresca de Amaifi, rodeada de paisajes espléndidos, arrullada por las olas del mar, se levanta todavía la villa de Scala. Allí es donde Alfonso reunió a sus primeros compañeros; allí es donde puso la primera fortaleza del ejército que proyectaba y que empezaba a reclutar con el nombre de Congregación del Santísimo Redentor; allí nacieron los redentoristas. El hijo de una gran familia se convirtió entonces en servidor de todos. Su actividad fue la misma que antes, pero más intensa, más consciente, más gozosa. Precisamente los redentoristas nacían para imitar al Redentor, imitarle en la evangelización y en la contemplación. Debían ser misioneros y al mismo tiempo adoradores. Es lo que había hecho Alfonso hasta ahora y lo que hará desde ahora con mayor entusiasmo. Su mayor alegría era no tener esclavos ni servidores, como en la casa de su padre. Podía con libertad completa asear su habitación, trabajar en el huerto y trastear en la cocina. Su mismo oficio de Superior sólo servía para facilitarle las humillaciones. Entre sus primeros compañeros había un gentilhombre, que se rebelaba ante el pensamiento de servir a la mesa y lavar la vajilla. Alfonso adivinó la lucha que se libraba en su interior, y levantándose de su asiento, empezó a ayudar al pobre joven, llevando los platos del refectorio a la cocina. «¡Orgulloso!—se decía luego el novicio—; ¡te avergüenzas de servir, cuando Alfonso, mucho más noble que tú, se hace el servidor de todos!»
En la costa pintoresca de Amaifi, rodeada de paisajes espléndidos, arrullada por las olas del mar, se levanta todavía la villa de Scala. Allí es donde Alfonso reunió a sus primeros compañeros; allí es donde puso la primera fortaleza del ejército que proyectaba y que empezaba a reclutar con el nombre de Congregación del Santísimo Redentor; allí nacieron los redentoristas. El hijo de una gran familia se convirtió entonces en servidor de todos. Su actividad fue la misma que antes, pero más intensa, más consciente, más gozosa. Precisamente los redentoristas nacían para imitar al Redentor, imitarle en la evangelización y en la contemplación. Debían ser misioneros y al mismo tiempo adoradores. Es lo que había hecho Alfonso hasta ahora y lo que hará desde ahora con mayor entusiasmo. Su mayor alegría era no tener esclavos ni servidores, como en la casa de su padre. Podía con libertad completa asear su habitación, trabajar en el huerto y trastear en la cocina. Su mismo oficio de Superior sólo servía para facilitarle las humillaciones. Entre sus primeros compañeros había un gentilhombre, que se rebelaba ante el pensamiento de servir a la mesa y lavar la vajilla. Alfonso adivinó la lucha que se libraba en su interior, y levantándose de su asiento, empezó a ayudar al pobre joven, llevando los platos del refectorio a la cocina. «¡Orgulloso!—se decía luego el novicio—; ¡te avergüenzas de servir, cuando Alfonso, mucho más noble que tú, se hace el servidor de todos!»
jueves, 7 de abril de 2011
LA ORACION EN EL SILENCIO
LA ORACIÓN DE SILENCIO
Este modo de oración de silencio es maravilloso y de copiosísimos frutos para el espíritu, si le ejercita como conviene.
Consiste esencialmente, según doctrina de los santos, en un silencio
interior de las potencias del alma, sensitivas y racionales, las cuales
cesan de obrar y se suspenden, mirando a solo Dios por inteligencia,
cómo está en lo más íntimo y más secreto del alma y oyendo con suma
atención lo que interiormente le dice, manda o enseña.
Este
modo de orar llaman los santos de silencio íntimo; porque el hablar del
alma es el andar con el entendimiento discursivo de unas cosas en
otras, con diversas consideraciones; y cuando deja el discurso, decimos
que se suspende y queda en silencio; y mirando por la inteligencia a
solo Dios, escucha atentamente como quien oye con atención a otro que
habla, para no perder palabra de lo que dice.
Así
en este silencio interior se suspenden todas las potencias, sensitivas y
racionales, y sola la inteligencia atiende y mira a Dios con una vista
sosegada, y sin el estruendo que hacen los sentidos y el discurso de la
razón; que si el silencio ha de ser perfecto, no ha de haber palabras
exteriores ni interiores, ni se ha de sentir en la íntima porción del
alma cosa sensible, ni inteligible por razón, sino la inteligencia sola y
desnuda, que mira a Dios sin atender por entonces a otra cosa alguna.
Que cuando en este modo de orar se entremete lo sensible o lo racional,
no es del todo perfecto y sobrenatural.
Para más claridad, advierto dos cosas.
La primera, que aunque en este silencio interior se suspenden las
potencias de la razón y del sentido, y todas callan y están como
detenidas en una suspensa admiración, la inteligencia siempre está
atenta y despierta, mirando a Dios y dejándose penetrar de la luz divina
que de él procede e ilustra su inteligencia. Y el afecto amoroso
siempre está vivo, inflamado con divino fuego de amor, que mansa y
suavemente está ardiendo y penetrando con su divina virtud lo más íntimo
de la sustancia afectiva; y como ésta es una oración toda esencial y
sobrenatural, muy íntima y muy subida, las potencias inferiores de la
razón y del sentido, se suspenden y no obran, y están como ociosas y sin
hacer nada. Mas la inteligencia y el afecto supremo siempre obran sin
cesar, por otro modo más superior y de más espíritu, tan íntimo y
delicado que muchas veces el hombre íntimo aún no le entiende, ni sabe,
ni alcanza cómo obran inteligencia y afecto, aunque siente sus
operaciones y a Dios, que es la causa efectiva de ellas, allá en lo más
íntimo, secreto y más retirado de la sustancia o esencia del alma; que
como estas obras son del todo espirituales y sobrenaturales, es tanta la
paz y serenidad de las potencias supremas, que parece que no obran, por
estar el afecto y la inteligencia entrañados con la sustancia íntima
del alma.
Pero podrá dudar alguno cómo si obran las potencias más íntimas no se perciben sus actos. Digo que por tres razones. La primera
por la gran simplicidad y sencillez de la inteligencia y afecto supremo
del hombre espiritual, no se entiende que sus obras son tan subidas y
tan espirituales que, por ser todas infusas, sobrenaturales y de puro
espíritu, no se perciben. La segunda por el modo con que se
comunican, que es tan grande la paz, la serenidad y quietud con que
obran, que no parece que hacen nada; que como está la inteligencia y
afecto amoroso entrañado tan íntimamente con la sustancia del alma, sus
obras en este estado parece que tocan más en lo íntimo del alma y en su
esencia que no en las potencias. La tercera razón es
porque con el continuo aspirar a Dios por afectos amorosos, está la
afectiva habituada y tiene ya una amorosa inclinación a Dios, la cual,
sin sentir, la mueve y la eleva con tanta suavidad y gozo que parece que
en aquella obra no hay movimiento ni acción; aunque en la verdad la hay
martes, 22 de marzo de 2011
GLORIAS DE MARIA. SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO
María, abogada compasiva,
no rehúsa defender
la causa de los más desdichados
Son tantos los motivos que tenemos para amar a esta
nuestra amorosa Reina, que si en toda la tierra se alabase
a María, si en todas las predicaciones sólo se hablase de
María, y todos los hombres dieran la vida por María, todo
esto sería poco en comparación a la gratitud que le debemos
por el amor tan excesivamente tierno que ella tiene para
todos los hombres, aunque sean los más miserables pecadores,
si conservan para con ella algún afecto y devoción.
Decía el V. Raimundo Jordano, que por humildad se
llamaba el Idiota, que María no puede dejar de amar a
quien le ama, y no se desdeña de servir a quien le sirve,
empleando, en favor de los pecadores, todo su poder de
intercesión para conseguir de su Hijo divino, el perdón
para esos siervos que la aman. Es tanta su benignidad y
misericordia, prosigue diciendo, que ninguno, por perdido
que se vea, debe temer postrarse a sus pies, pues no rechaza
a nadie de los que a ella acuden. María, como amantísima
abogada nuestra, ella misma ofrece a Dios las plegarias de
sus siervos y señaladamente las que a ella se dirigen; porque
así como el Hijo intercede por nosotros ante el Padre, así
ella intercede por nosotros ante el Hijo y no deja de tratar
ante ambos, el negocio de nuestra salvación y de obtenernos
las gracias que le pedimos. Con razón Dionisio Cartujano
llama a la Virgen Santísima especial refugio de los abandonados,
esperanza de los miserables y abogada de todos los
pecadores que a ella acuden.
Pero si se encontrara un pecador que no dudara de su
poder, pero sí de la bondad de María, temeroso de que ella
no quisiera ayudarlo por la gravedad de sus culpas, lo
anima san Buenaventura diciéndole: "Grande y singular es
el privilegio que tiene María ante su Hijo, de obtener cuanto
quiere con sus plegarias. Pero ¿de qué nos serviría este
gran poder de María si no pensara en preocuparse de nosotros?
No, no dudemos, estemos seguros y demos siempre
gracias al Señor y a su divina Madre, porque si delante de
Dios es más poderosa que todos los santos, así también es
la abogada más amorosa y solícita de nuestro bien". Exclama
jubiloso san Germán: "Oh Madre de misericordia
¿Quién, después de tu Jesús, tiene tanto interés por nosotros
y por nuestro bien como tú? ¿Quién nos defiende en nuestros
trabajos y aflicciones, como nos defiendes tú? ¿Quién
como tú, se pone a defender a los pecadores combatiendo
a su favor? Tu protección, oh María, es más poderosa y
cariñosa de lo que nosotros podemos imaginar". Dice el
Idiota, que todos los demás santos, pueden con su patrocinio,
ayudar más a sus devotos que a los que no lo son, pero
la Madre de Dios, como es la Reina de todos, así es también
la abogada de todos.
Ella se preocupa de todos, aun de los más pecadores, y
le agrada que la llamen Abogada, como ella misma lo declaró
a la V. sor María Villani, diciéndole: "Yo, después del
título de Madre de Dios, me glorío de ser llamada abogada
de los pecadores". Dice el B. Amadeo, que nuestra Reina,
no deja de estar ante la presencia de la divina Majestad,
intercediendo continuamente por nosotros con sus poderosas
plegarias. Y como conoce en el cielo nuestras miserias
y necesidades, no puede dejar de compadecerse; por lo que,
con afecto de madre, llena de compasión por nosotros,
piadosa y benigna, busca siempre el modo de socorrernos
y salvarnos. Por eso Ricardo de San Lorenzo anima a
todos por miserables que sean, a recurrir con confianza a
esta dulce abogada, teniendo por seguro que la encontrará
siempre dispuestísima a ayudarlo. El abad Godofredo dice
también que María está siempre atenta a rogar por todos.
Exclama san Bernardo: "¡Con cuánta eficacia y amor
trata el asunto de nuestra salvación esta buenísima abogada nuestra!" San Agustín meditando el amor y el empeño con
que María se empeña continuamente en rogar por nosotros
a su divina Majestad para que el Señor nos perdone los
pecados, nos asista con su gracia, nos libre de los peligros
y nos alivie de nuestras miserias, dice hablando con la
Santísima Virgen: "Eres única en la solicitud por ayudarnos
desde el cielo". Quiere decir: Señora, es verdad que todos
los santos quieren nuestra salvación y rezan por nosotros;
pero la caridad y ternura que tú nos demuestras en el cielo
al obtenernos con tus plegarias tantas misericordias de
Dios, nos fuerza a proclamar que no tenemos en el cielo
otra abogada más que a ti, y que tú eres la más solícita y
deseosa de nuestro bien. ¿Quién podrá comprender la solicitud
con que siempre intercede María ante Dios en favor
nuestro? Dice san Germán: "No se sacia de defendernos".
Hermosa expresión: Es tanta la piedad y tanto el amor que
siente María por nosotros y tanto el amor que nos profesa,
que siempre ruega y torna a rogar, y nunca se sacia de
rogar por nosotros, y con sus ruegos no se cansa de defendernos.
Pobres de nosotros pecadores, si no tuviéramos esta
excelsa abogada, tan poderosa, tan piadosa, y a la vez, tan
prudente y sabia, que el juez, su Hijo, no puede condenar
a los reos que ella defiende, así lo dice Ricardo de San
Lorenzo. Las causas defendidas por esta abogada sapientísima,
todas se ganan. San Juan Geómetra la saluda: Salve,
árbitra que dirime todas nuestras querellas. Es que todas
las causas que defiende esta sapientísima abogada, se ganan.
Por eso san Buenaventura la llama la sabia Abigail.
Fue Abigail la mujer que supo aplacar con sus hermosas
súplicas a David cuando estaba enojado contra Nabal, de
manera que el mismo David la bendijo agradeciéndola que
con sus dulces maneras le hubiera impedido vengarse de
Nabal con sus propias manos: "Bendita tú que me has impedido
tomar venganza derramando su sangre con mis manos" (1Sm 25,33).
Esto es precisamente lo que hace María de
continuo en el cielo en beneficio de los pecadores; ella, con
sus plegarias tiernas y sabias, sabe de tal manera aplacar a
la divina Justicia, que Dios mismo la bendice y como que
le da las gracias porque así le impida abandonar y castigar
a los pecadores como se merecen. Por eso, dice san Bernardo,
el eterno Padre porque quiere ejercer toda la misericordia
posible, además de tener junto a sí a nuestro principal
abogado Jesucristo, nos ha dado a María como abogada ante Jesús.
No hay duda, dice san Bernardo de que Jesús es el
único mediador de justicia entre los hombres y Dios, quien
en virtud de sus propios méritos, puede y quiere, según sus
promesas, obtenernos el perdón y la divina gracia; pero
porque los hombres reconocen y temen en Jesucristo su
Majestad divina, que en él reside como Dios, por eso fue
preciso asignar otra abogada a la que pudiéramos recurrir
con menos temor y más confianza; y ésta es María, fuera de
la cual no podemos encontrar abogada más poderosa ante
la divina Majestad y más misericordiosa para con nosotros.
Estas son sus hermosas palabras "Fiel y poderoso
es el mediador entre Dios y los hombres; pero los hombres
temen en él la Majestad. Es por tanto necesario que haya
un mediador para con el mismo mediador; y nadie más útil
para nosotros que María". Pero gran injuria haría a la
piedad de María, sigue diciendo el santo, el que aún temiera
acudir a los pies de esta abogada dulcísima, que nada tiene
de severo ni terrible, sino que es del todo cortés, amable y
benigna. Lee y vuelve a leer cuanto quieras, sigue diciendo
san Bernardo, todo lo que se narra en los Evangelios, y si
encuentras algún rastro de severidad en María, entonces
puedes temer acercarte a ella. Pues no lo encontrarás; por
lo cual recurre gozosamente a ella, porque te salvará con su
intercesión.
Es muy hermosa la exclamación que pone Guillermo de
París, en boca del pecador que recurre a María, diciendo: "A ti acudiré y hasta en ti me refugiaré, Madre de Dios, a
la que toda la reunión de los santos aclama como Madre de
misericordia". Madre de Dios, yo, en el estado miserable a
que me veo reducido por mis pecados, recurro a ti, lleno de
confianza; y aunque pareciera que me desechas, yo te recuerdo
que estás en cierto modo obligada a ayudar, pues
todos los fieles en la Iglesia, te llaman y proclaman Madre
de misericordia. "Tú, en verdad, cuya generosidad te hace
incapaz de repulsas, cuya misericordia nunca a nadie le
falló, cuya amabilidad extraordinaria nunca despreció a
nadie que te invocó, por pecador que fuera"... Tú, María,
eres la que, por ser tan bien amada de Dios, siempre eres
por él escuchada; tu gran piedad jamás le ha fallado a
nadie; tu afabilidad, jamás te ha permitido despreciar a un
pecador, por enormes que fueran sus faltas, si a ti se ha
encomendado. ¿Es que, tal vez falsamente y en vano toda
la Iglesia te aclama como su abogada y refugio de los miserables?
Jamás suceda, Madre mía, que mis culpas puedan
impedirte cumplir el gran oficio de piedad que tienes, y con
el que eres a la vez, abogada y medianera de paz entre Dios
y los hombres, y después de tu Hijo, la única esperanza y el
refugio seguro de los miserables. Todo lo que tienes de
gracia y de gloria, y la misma grandeza de ser Madre de
Dios -si así se puede hablar- lo debes a los pecadores, ya
que para salvarlos, Dios te ha hecho su Madre. Lejos de
pensar acerca de esta Madre de Dios, que dio a luz al
mundo el manantial de la piedad, que ella vaya a negar su
misericordia a un infeliz que a ella recurre. Puesto que tu oficio,
María, es ser pacificadora entre Dios y los hombres,
que te mueva a socorrerme tu gran piedad, que es incomparablemente
superior a todos mis vicios y pecados.
Consolaos, pues, pusilánimes -diré con santo Tomás
de Villanueva- respirad y cobrad ánimo, desventurados
pecadores: Esta Virgen excelsa, que es la Madre de vuestro
Dios y vuestro Juez, ella misma es la abogada del género
humano; idónea porque puede ante Dios cuanto quiere;
sapientísima porque conoce todos los secretos para aplacarlo;
y universal porque acoge a todos y no rehúsa defender a ninguno
martes, 8 de marzo de 2011
ORACION, AYUNO,LIMOSNA
Oración, ayuno y misericordia son inseparablesDe los sermones de San Pedro Crisólogo, obispo y Padre de la Iglesia.
(Sermón 43: PL 52, 320. 322)
Ver también: ayuno
La oración llama, el ayuno intercede, la misericordia recibe
Tres
son, hermanos, los resortes que hacen que la fe se mantenga firme, la
devoción sea constante, y la virtud permanente. Estos tres resortes son:
la oración, el ayuno y la misericordia. Porque la oración llama, el
ayuno intercede, la misericordia recibe. Oración, misericordia y ayuno
constituyen una sola y única cosa, y se vitalizan recíprocamente.
El
ayuno, en efecto, es el alma de la oración, y la misericordia es la
vida del ayuno. Que nadie trate de dividirlos, pues no pueden separarse.
Quien posee uno solo de los tres, si al mismo tiempo no posee los
otros, no posee ninguno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna,
que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al
suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra
los suyos al que le súplica.
Que
el que ayuna entienda bien lo que es el ayuno; que preste atención al
hambriento quien quiere que Dios preste atención a su hambre; que se
compadezca quien espera misericordia; que tenga piedad quien la busca;
que responda quien desea que Dios le responda a é1. Es un indigno
suplicante quien pide para si lo que niega a otro.
Díctate
a ti mismo la norma de la misericordia, de acuerdo con la manera, la
cantidad y la rapidez con que quieres que tengan misericordia contigo.
Compadécete tan pronto como quisieras que los otros se compadezcan de
ti.
En
consecuencia, la oración, la misericordia y el ayuno deben ser como un
único intercesor en favor nuestro ante Dios, una única llamada, una
única y triple petición.
Recobremos
con ayunos lo que perdimos por el desprecio; inmolemos nuestras almas
con ayunos, porque no hay nada mejor que podamos ofrecer a Dios, de
acuerdo con lo que el profeta dice: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado: un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias. Hombre,
ofrece a Dios tu alma, y ofrece la oblación del ayuno, para que sea una
hostia pura, un sacrificio santo, una víctima viviente, provechosa para
ti y acepta a Dios. Quien no dé esto a Dios no tendrá excusa, porque no
hay nadie que no se posea a si mismo para darse.
Mas,
para que estas ofrendas sean aceptadas, tiene que venir después la
misericordia; el ayuno no germina si la misericordia no lo riega, el
ayuno se torna infructuoso si la misericordia no lo fecundiza: lo que es
la lluvia para la tierra, eso mismo es la misericordia para el ayuno.
Por más que perfeccione su corazón, purifique su carne, desarraigue los
vicios y siembre las virtudes, como no produzca caudales de
misericordia, el que ayuna no cosechará fruto alguno.
Tú
que ayunas, piensa que tu campo queda en ayunas si ayuna tu
misericordia; lo que siembras en misericordia, eso mismo rebosará en tu
granero. Para que no pierdas a fuerza de guardar, recoge a fuerza de
repartir; al dar al pobre, te haces limosna a ti mismo: porque lo que
dejes de dar a otro no lo tendrás tampoco para ti.
-Del Oficio de Lectura, Martes III de Cuaresma
viernes, 4 de marzo de 2011
LA VERDADERA ALEGRIA SAN FRANCISCO DE ASIS.
La alegría es un valor importante a
la hora de discernir nuestra vida cristiana. En Francisco es una virtud
constante. No hay alegría verdadera sin desapropiación, sin humildad,
sin sabiduría de la Cruz.
Un día preguntó Francisco al hermano León:
- ¿Sabes, hermano, lo que es la perfecta alegría?
- Es dar buen ejemplo de santidad, respondió el hermano León sin vacilar.
- ¡Oh, no!, exclamó Francisco. No consiste en eso la perfecta alegría.
- Entonces, ¿es acaso realizar conversiones a centenares?
- Tampoco. No consiste en eso la perfecta alegría
- ¿Sería tener el don de lenguas, de milagros, de ciencia o de profecía?, aventuró
León, bastante mosqueado.
- Aún menos. En
todo esto no consiste la perfecta alegría. Aunque nosotros habláramos
todas las lenguas, leyéramos las conciencias y fuéramos capaces de
resucitar los muertos, no consiste en eso la perfecta alegría.
- Pues bien. Di tú mismo, te ruego, lo que es la perfecta alegría.
- Escucha, hermano
León. Supongamos que regresamos de Perusa a Santa María de los Ángeles,
una noche de invierno, de lluvia y de nieve. Empapados, helados y
atormentados por el hambre, llamamos a la puerta del convento. El
hermano portero viene y nos grita colérico, a través de la puerta:
“¿Quiénes sois vosotros?”. Le respondemos: “Somos dos hermanos
vuestros”. Entonces él se pone a gritar más fuerte: “No es verdad. Sois
ladrones y rufianes. No hay lugar aquí para vosotros. Marchaos”. Y
rehusando abrirnos, nos deja plantados allí, en la lluvia y en la nieve.
Pues bien, si nosotros soportamos esto con paciencia, sin turbación ni
reniegos, oh hermano León, ahí está la perfecta alegría.
Y si nosotros, obligados
por el hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a llamar, gritando
y suplicando entre llantos por el amor de Dios, que nos abra y nos
permita entrar, y él, más enfurecido, sale fuera con un palo nudoso y
nos coge por el capucho, y nos tira a tierra, y nos arrastra por la
nieve, y nos apalea con todos los nudos de aquel palo; si todo esto lo
soportamos con paciencia y gozo, acordándonos de los padecimientos de
Cristo bendito, que nosotros hemos de sobrellevar por su amor, ¡oh
hermano León!, escribe que aquí está la perfecta alegría.
martes, 1 de marzo de 2011
SAN MARTIN DE PORRES
SAN MARTIN DE PORRES
Religioso dominico, peruano.
Fiesta: 3 de noviembre
San Martín de Porres-Vida de los Santos de BUTLER. Adaptada por el Padre Jordi Rivero
SAN MARTIN DE PORRES fue un mulato, nacido en Lima, capital del Perú, en el 9 de diciembre de 1579. En el libro de bautismo fue inscrito como "hijo de padre desconocido". Era hijo natural del caballero español Juan de Porres (o Porras según algunos) y de una india panameña libre, llamada Ana Velásquez. Martín heredó los rasgos y el color de la piel de su madre, lo cual vio don Juan de Porres como una humillación
Vivió pobremente hasta los ocho años en compañía de la madre y de una hermanita que nació dos años después. Estuvo un breve tiempo con su padre en el Ecuador ya que este llegó a reconocerlo y también a la hermanita. Nuevamente quedó separado del padre le mandaba lo necesario para hacerle terminar los estudios.
Martín era inteligente y tenía inclinación por la medicina. Había aprendido las primeras nociones en la droguería-ambulatorio de dos vecinos de casa. La profesión de barbero en aquella época estaba ligada con la medicina. Así adquirió conocimientos de medicina y durante algún tiempo, ejerció esta doble carrera.
Sintiendo grandes deseos de perfección, pidió ser admitido como donado en el convento de los dominicos del Rosario en Lima. Su misma madre apoyó la petición del santo y éste consiguió lo que deseaba cuando tenía unos quince años de edad.
En el convento su vida de heroica virtud fue pronto conocida de muchos. Fue admitido sólo como "donado", es decir, como terciario y le confiaron los trabajos más humildes de la comunidad. Martín es recordado con la escoba, símbolo de su humilde servicio. Su humildad era tan ejemplar, que se alegraba de las injurias que recibía, incluso alguna vez de parte de otros religiosos dominicos, como uno que, enfermo e irritado, lo trató de perro mulato. En una ocasión, cuando el convento estaba en situación económica muy apurada, Fray Martín, espontáneamente se ofreció al Padre Prior para ser vendido como esclavo, ya que era mulato, a fin de remediar la situación.
Advirtiendo los superiores de Fray Martín su índole mansa y su mucha caridad, le confiaron, junto con otros oficios, el de enfermero, en una comunidad que solía contar con doscientos religiosos, sin tomar en consideración a los criados del convento ni a los religiosos de otras casas que, informados de la habilidad del hermano, acudían a curarse a Lima.
Bastante trabajo tenía el joven hermano, pero no por eso limitaba su compasión a los de su orden, sino que atendía a muchos enfermos pobres de la ciudad. El día 2 de junio de 1603, después de nueve años de servir a la orden como donado, le fue concedida la profesión religiosa y pronunció los votos de pobreza, obediencia y castidad.
Juntaba a su abnegada vida una penitencia austerísima, se maltrataba con dormir debajo de una escalera unas cuantas horas y con apenas comer lo indispensable. Pasaba la mitad de la noche rezando a un crucifijo grande que había en su convento iba y le contaba sus penas y sus problemas, y ante el Santísimo Sacramento y arrodillado ante la imagen de la Virgen María pasaba largos tiempos rezando con fervor. Añadía a esto un espíritu de oración y unión con Dios que lo asemejaba a otros grandes contemplativos.
Dios quiso que su santidad se conociera fuera de las paredes del monasterio, por los extraordinarios carismas con que lo había enriquecido, entre ellos, la profecía, éxtasis y la bilocación. Sin salir de Lima, fue visto en África, en China y en Japón, animando a los misioneros que se encontraban en dificultad. Mientras permanecía encerrado en su celda lo veían llegar junto a la cama de ciertos moribundos a consolarlos. En ocasiones salía del convento a atender a un enfermo grave, y volvía luego a entrar sin tener llave de la puerta y sin que nadie le abriera. Preguntado cómo lo hacía, respondía: "Yo tengo mis modos de entrar y salir".
Se le vio repetidas veces en éxtasis y, algunas levantado en el aire muy cerca de un gran crucifijo que había en el convento. A el acudían teólogos, obispos y autoridades civiles en busca de consejo. Más de una vez el mismo virrey tuvo que esperar ante su celda porque Martín estaba en éxtasis.
Llegaron los enemigos a su habitación a hacerle daño y él pidió a Dios que lo volviera invisible y los otros no lo vieron.
Durante la epidemia de peste, curó a cuantos acudían a él, y curó milagrosamente a los sesenta cohermanos. Los frailes se quejaban de que Fray Martín quería hacer del convento un hospital, porque a todo enfermo que encontraba lo socorría y hasta llevaba a algunos más graves y pestilentes a recostarlos en su propia cama cuando no tenía más donde se los recibieran.
Con la ayuda de varios ricos de la ciudad fundó el Asilo de Santa Cruz para reunir a todos los vagos, huérfanos y limosneros y ayudarles a salir de su penosa situación.
Sorprendió a muchos con sus curaciones instantáneas, como la del novicio Fray Luis Gutiérrez que se había cortado un dedo casi hasta desprendérselo; a los tres días tenía hinchados la mano y el brazo, por lo que acudió al hermano Martín, quien le puso unas hierbas machacadas en la herida. Al día siguiente, el dedo estaba unido de nuevo y el brazo enteramente sano. En cierta ocasión, el arzobispo Feliciano Vega, que iba a tomar posesión de la sede de México, enfermó de algo que parece haber sido pulmonía y mandó llamar a Fray Martín. Al llegar éste a la presencia del prelado enfermo, se arrodilló, mas él le dijo: "levántese y ponga su mano aquí, donde me duele". ¿Para qué quiere un príncipe la mano de un pobre mulato?, preguntó el santo. Sin embargo, durante un buen rato puso la mano donde lo indicó el enfermo y, poco después, el arzobispo estaba curado.
Otras veces, a la curación añadía la prontitud con que acudía al enfermo, pues bastaba que éste tuviera deseo de que el santo llegara, para que éste se presentase a cualquier hora. Muchas veces, entraba por las puertas cerradas con llave, como pudo comprobarlo el maestro de novicios, quien personalmente guardaba la llave del noviciado, pues, habiendo estado Fray Martín atendiendo a un enfermo, salió del noviciado y volvió a entrar sin abrir las puertas. El asombrado maestro comprobó que estaban perfectamente cerradas. Alguien le preguntó: "¿Cómo ha podido entrar?" El santo respondió: "Yo tengo modo de entrar y salir".
El enfermero al mismo tiempo que hortelano herbolario, cultivaba las plantas medicinales de que se valía para sus obras de caridad y también desempeñaba el oficio de distribuidor de las limosnas que algunas veces recogía, en cantidades asombrosas, parte para socorrer a sus propios hermanos en religión y parte para los menesterosos de toda clase que había en la ciudad.
Su amabilidad se extendía hasta los animales; hay en su biografía escenas semejantes a las que se narran de San Francisco y de San Antonio de Padua. Por ejemplo, cuando después de disciplinarse, los mosquitos lo atormentaban con sus picaduras e iba a que Juan Vázquez lo curase, éste le decía: "Vámonos a nuestro convento, que allí no hay mosquitos". Y Fray Martín respondía: "¿Cómo hemos de merecer, si no damos de comer al hambriento?" __"¡Pero hermano, estos son mosquitos y no gente!__ "Sin embargo, se les debe dar de comer, que son criaturas de Dios", respondió el humilde fraile.
Es típico el caso de los ratones que infestaban la ropería y dañaban el vestuario. El remedio no fue ponerles trampas, sino decirles: "Hermanos, idos a la huerta, que allí hallaréis comida". Los ratones obedecieron puntualmente, y Fray Martín cuidaba de echarles los desperdicios de la comida. Y si alguno volvía a la ropería, el santo lo tomaba por la cola y lo echaba a la huerta, diciendo: "Vete adonde no hagas mal". Loa animales le seguían en fila muy obedientes. En una misma cacerola hacía comer al mismo tiempo a un gato, un perro y varios ratones.
Sus conocimientos no eran pocos para su época y, cuando asistía a los enfermos, solía decirles: "Yo te curo y Dios te sana". Todas las maravillas en la vida del santo hay que entenderlas asociadas con el profundo amor a Dios y al prójimo que lo caracterizaban.
Se sabe que Fray Martín y Santa Rosa de Lima, terciaria dominica, se conocieron y trataron algunas veces, aunque no se tienen detalles históricamente comprobados de sus entrevistas.
A los sesenta años, después de haber pasado 45 en religión, Fray Martín se sintió enfermo y claramente dijo que de esa enfermedad moriría. La conmoción en Lima fue general y el mismo virrey, conde de Chichón, se acercó al pobre lecho para besar la mano de aquél que se llamaba a sí mismo perro mulato. Mientras se le rezaba el Credo, Fray Martín, al oír las palabras "Et homo factus est", besando el crucifijo expiró plácidamente.
Murió el 3 de noviembre de 1639. Toda la ciudad acudió a su entierro y los milagros por su intercesión se multiplicaron.
Fue beatificado en 1837 por Gregorio XVI y canonizado el 6 de mayo de 1962 por el Papa Juan XXIII. En 1966 Pablo VI lo proclamó patrono de los peluqueros de Italia, porque en su juventud aprendió el oficio de barbero-cirujano, que luego, al ingresar en la Orden de Predicadores, ejerció ampliamente en favor de los pobres.
En la actualidad todavía se lo invoca contra la invasión de los ratones.
Notas: ……….El Beato Martín es, en los Estados Unidos y en otros países, el patrono de las obras que promueven la armonía entre las razas y la justicia interracial; por ello existen varias biografías de tipo popular,………
Religioso dominico, peruano.
Fiesta: 3 de noviembre
«Martín de la caridad» -Homilía de S.S. Juan XXIII en su canonización
San Martín de Porres-Vida de los Santos de BUTLER. Adaptada por el Padre Jordi Rivero
SAN MARTIN DE PORRES fue un mulato, nacido en Lima, capital del Perú, en el 9 de diciembre de 1579. En el libro de bautismo fue inscrito como "hijo de padre desconocido". Era hijo natural del caballero español Juan de Porres (o Porras según algunos) y de una india panameña libre, llamada Ana Velásquez. Martín heredó los rasgos y el color de la piel de su madre, lo cual vio don Juan de Porres como una humillación
Vivió pobremente hasta los ocho años en compañía de la madre y de una hermanita que nació dos años después. Estuvo un breve tiempo con su padre en el Ecuador ya que este llegó a reconocerlo y también a la hermanita. Nuevamente quedó separado del padre le mandaba lo necesario para hacerle terminar los estudios.
Martín era inteligente y tenía inclinación por la medicina. Había aprendido las primeras nociones en la droguería-ambulatorio de dos vecinos de casa. La profesión de barbero en aquella época estaba ligada con la medicina. Así adquirió conocimientos de medicina y durante algún tiempo, ejerció esta doble carrera.
Sintiendo grandes deseos de perfección, pidió ser admitido como donado en el convento de los dominicos del Rosario en Lima. Su misma madre apoyó la petición del santo y éste consiguió lo que deseaba cuando tenía unos quince años de edad.
En el convento su vida de heroica virtud fue pronto conocida de muchos. Fue admitido sólo como "donado", es decir, como terciario y le confiaron los trabajos más humildes de la comunidad. Martín es recordado con la escoba, símbolo de su humilde servicio. Su humildad era tan ejemplar, que se alegraba de las injurias que recibía, incluso alguna vez de parte de otros religiosos dominicos, como uno que, enfermo e irritado, lo trató de perro mulato. En una ocasión, cuando el convento estaba en situación económica muy apurada, Fray Martín, espontáneamente se ofreció al Padre Prior para ser vendido como esclavo, ya que era mulato, a fin de remediar la situación.
Advirtiendo los superiores de Fray Martín su índole mansa y su mucha caridad, le confiaron, junto con otros oficios, el de enfermero, en una comunidad que solía contar con doscientos religiosos, sin tomar en consideración a los criados del convento ni a los religiosos de otras casas que, informados de la habilidad del hermano, acudían a curarse a Lima.
Bastante trabajo tenía el joven hermano, pero no por eso limitaba su compasión a los de su orden, sino que atendía a muchos enfermos pobres de la ciudad. El día 2 de junio de 1603, después de nueve años de servir a la orden como donado, le fue concedida la profesión religiosa y pronunció los votos de pobreza, obediencia y castidad.
Juntaba a su abnegada vida una penitencia austerísima, se maltrataba con dormir debajo de una escalera unas cuantas horas y con apenas comer lo indispensable. Pasaba la mitad de la noche rezando a un crucifijo grande que había en su convento iba y le contaba sus penas y sus problemas, y ante el Santísimo Sacramento y arrodillado ante la imagen de la Virgen María pasaba largos tiempos rezando con fervor. Añadía a esto un espíritu de oración y unión con Dios que lo asemejaba a otros grandes contemplativos.
Dios quiso que su santidad se conociera fuera de las paredes del monasterio, por los extraordinarios carismas con que lo había enriquecido, entre ellos, la profecía, éxtasis y la bilocación. Sin salir de Lima, fue visto en África, en China y en Japón, animando a los misioneros que se encontraban en dificultad. Mientras permanecía encerrado en su celda lo veían llegar junto a la cama de ciertos moribundos a consolarlos. En ocasiones salía del convento a atender a un enfermo grave, y volvía luego a entrar sin tener llave de la puerta y sin que nadie le abriera. Preguntado cómo lo hacía, respondía: "Yo tengo mis modos de entrar y salir".
Se le vio repetidas veces en éxtasis y, algunas levantado en el aire muy cerca de un gran crucifijo que había en el convento. A el acudían teólogos, obispos y autoridades civiles en busca de consejo. Más de una vez el mismo virrey tuvo que esperar ante su celda porque Martín estaba en éxtasis.
Llegaron los enemigos a su habitación a hacerle daño y él pidió a Dios que lo volviera invisible y los otros no lo vieron.
Durante la epidemia de peste, curó a cuantos acudían a él, y curó milagrosamente a los sesenta cohermanos. Los frailes se quejaban de que Fray Martín quería hacer del convento un hospital, porque a todo enfermo que encontraba lo socorría y hasta llevaba a algunos más graves y pestilentes a recostarlos en su propia cama cuando no tenía más donde se los recibieran.
Con la ayuda de varios ricos de la ciudad fundó el Asilo de Santa Cruz para reunir a todos los vagos, huérfanos y limosneros y ayudarles a salir de su penosa situación.
Sorprendió a muchos con sus curaciones instantáneas, como la del novicio Fray Luis Gutiérrez que se había cortado un dedo casi hasta desprendérselo; a los tres días tenía hinchados la mano y el brazo, por lo que acudió al hermano Martín, quien le puso unas hierbas machacadas en la herida. Al día siguiente, el dedo estaba unido de nuevo y el brazo enteramente sano. En cierta ocasión, el arzobispo Feliciano Vega, que iba a tomar posesión de la sede de México, enfermó de algo que parece haber sido pulmonía y mandó llamar a Fray Martín. Al llegar éste a la presencia del prelado enfermo, se arrodilló, mas él le dijo: "levántese y ponga su mano aquí, donde me duele". ¿Para qué quiere un príncipe la mano de un pobre mulato?, preguntó el santo. Sin embargo, durante un buen rato puso la mano donde lo indicó el enfermo y, poco después, el arzobispo estaba curado.
Otras veces, a la curación añadía la prontitud con que acudía al enfermo, pues bastaba que éste tuviera deseo de que el santo llegara, para que éste se presentase a cualquier hora. Muchas veces, entraba por las puertas cerradas con llave, como pudo comprobarlo el maestro de novicios, quien personalmente guardaba la llave del noviciado, pues, habiendo estado Fray Martín atendiendo a un enfermo, salió del noviciado y volvió a entrar sin abrir las puertas. El asombrado maestro comprobó que estaban perfectamente cerradas. Alguien le preguntó: "¿Cómo ha podido entrar?" El santo respondió: "Yo tengo modo de entrar y salir".
El enfermero al mismo tiempo que hortelano herbolario, cultivaba las plantas medicinales de que se valía para sus obras de caridad y también desempeñaba el oficio de distribuidor de las limosnas que algunas veces recogía, en cantidades asombrosas, parte para socorrer a sus propios hermanos en religión y parte para los menesterosos de toda clase que había en la ciudad.
Su amabilidad se extendía hasta los animales; hay en su biografía escenas semejantes a las que se narran de San Francisco y de San Antonio de Padua. Por ejemplo, cuando después de disciplinarse, los mosquitos lo atormentaban con sus picaduras e iba a que Juan Vázquez lo curase, éste le decía: "Vámonos a nuestro convento, que allí no hay mosquitos". Y Fray Martín respondía: "¿Cómo hemos de merecer, si no damos de comer al hambriento?" __"¡Pero hermano, estos son mosquitos y no gente!__ "Sin embargo, se les debe dar de comer, que son criaturas de Dios", respondió el humilde fraile.
Es típico el caso de los ratones que infestaban la ropería y dañaban el vestuario. El remedio no fue ponerles trampas, sino decirles: "Hermanos, idos a la huerta, que allí hallaréis comida". Los ratones obedecieron puntualmente, y Fray Martín cuidaba de echarles los desperdicios de la comida. Y si alguno volvía a la ropería, el santo lo tomaba por la cola y lo echaba a la huerta, diciendo: "Vete adonde no hagas mal". Loa animales le seguían en fila muy obedientes. En una misma cacerola hacía comer al mismo tiempo a un gato, un perro y varios ratones.
Sus conocimientos no eran pocos para su época y, cuando asistía a los enfermos, solía decirles: "Yo te curo y Dios te sana". Todas las maravillas en la vida del santo hay que entenderlas asociadas con el profundo amor a Dios y al prójimo que lo caracterizaban.
Se sabe que Fray Martín y Santa Rosa de Lima, terciaria dominica, se conocieron y trataron algunas veces, aunque no se tienen detalles históricamente comprobados de sus entrevistas.
A los sesenta años, después de haber pasado 45 en religión, Fray Martín se sintió enfermo y claramente dijo que de esa enfermedad moriría. La conmoción en Lima fue general y el mismo virrey, conde de Chichón, se acercó al pobre lecho para besar la mano de aquél que se llamaba a sí mismo perro mulato. Mientras se le rezaba el Credo, Fray Martín, al oír las palabras "Et homo factus est", besando el crucifijo expiró plácidamente.
Murió el 3 de noviembre de 1639. Toda la ciudad acudió a su entierro y los milagros por su intercesión se multiplicaron.
Fue beatificado en 1837 por Gregorio XVI y canonizado el 6 de mayo de 1962 por el Papa Juan XXIII. En 1966 Pablo VI lo proclamó patrono de los peluqueros de Italia, porque en su juventud aprendió el oficio de barbero-cirujano, que luego, al ingresar en la Orden de Predicadores, ejerció ampliamente en favor de los pobres.
En la actualidad todavía se lo invoca contra la invasión de los ratones.
Notas: ……….El Beato Martín es, en los Estados Unidos y en otros países, el patrono de las obras que promueven la armonía entre las razas y la justicia interracial; por ello existen varias biografías de tipo popular,………
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