sábado, 25 de junio de 2011

HISTORIA DE SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO.

Notas Biográficas 1696- 1787

Alfonso María de Ligorio, escritor, poeta, músico, obispo, doctor de la Iglesia, y patrono de los moralistas, nació en Marianella, cerca de Nápoles, el 27 de Diciembre de 1696. Era el primogénito de los ocho hijos nacidos del noble José de Ligorio y Ana María Catalina Cavalieri.

Dedicado de pequeño al estudio, adquirió el dominio del toscano, el latín, el griego, el francés (lengua usual de la sociedad civil) y del español (lengua de estado). Aprendió filosofía (que entonces comprendía también las ciencias matemáticas), equitación, esgrima, música, dibujo, pintura y hasta arquitectura. Con una precocidad increíble, a los 12 años Alfonso había terminado sus estudios secundarios, y se había inscrito en la facultad de jurisprudencia de Nápoles.

En 1715 ingresó en la Cofradía de los Doctores y se dedicó a la asistencia de los enfermos más pobres internados en el hospital de Nápoles, Santa María del Pueblo, siniestramente llamado "de incurables".

Alfonso ejerció la abogacía con arrolladores y continuos éxitos. Pero al décimo año de su experiencia en tribunales, paso una durísima prueba y maduró en el la elección por la vida sacerdotal.

El 27 de Agosto de 1723 delante de la imagen de la Virgen prometió consagrarse al servicio exclusivo de Dios y de los necesitados, y de convertirse al sacerdocio. A los treinta años cumplidos, el 21 de Diciembre de 1726, recibió la ordenación sacerdotal.

Se insertó inmediatamente y a tiempo completo en la actividad pastoral de la diócesis de Nápoles en favor de la gente de los montes y del campo, compartiendo con ellos las incomodidades.

En el verano de 1730 en Scala, un pequeño pueblo de Salernitano, en los coloquios tenidos con Sor María Celeste Crostrarosa, San Alfonso maduró la convicción de ser llamado por Dios para fundar una congregación de sacerdotes y laicos para la evangelización y salvación de los más pobres.

El nacimiento oficial y solemne de la Congregación del Santísimo Redentor tuvo lugar en Scala el 11 de Noviembre de 1732. El 25 de febrero de 1749 fue aprobado conjuntamente con la regla de Benito XIV, quien hacia el año 1750 compuso una gramática Italiana.

Como escritor, Alfonso era popular. Publicó ciento once obras, entre grandes y pequeñas, algunas de las cuales han alcanzado decenas de ediciones, como las visitas al SS., Las Máximas Eternas, La Práctica de Amar a Jesucristo. Su obra más bonita son las Glorias de María, que registró una de las mayores tiradas entre las obras marianas de todos los tiempos, un millar de ediciones en 1750.

Además de escritor y pintor fue un valiosísimo músico. Su canción más célebre, rica en auténticos valores espirituales y poéticos es «Tú Bajas de las Estrellas», un canto navideño compuesto y musicalizado en 1755 durante la predicación de una misión.

Fue nombrado obispo por el Papa Clemente XIII el 9 de Marzo de 1762. Su ordenación episcopal fue el 20 de Junio en la Iglesia de Sta. María, en Minerva. Como obispo se mostró cuidadoso, atento y paternal con los pobres y los seminaristas, en quienes veía prolongar la acción de la Salvación de Cristo.

En el 1772, elegido Papa Clemente XIV, San Alfonso pidió ser exonerado de la dignidad episcopal con motivo de su avanzada edad y de la artrosis cervical que lo había afectado. En el 1775 Pio VI no pudo negarle la solicitud de su renuncia porque ya el santo se encontraba en una situación que daba lástima, medio ciego y sordo, tan oprimido por tantas enfermedades que ya no parecía más ser un hombre. Murió serenamente el 1 de Agosto de 1787
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viernes, 24 de junio de 2011

ORACION POR LA SANTA MISION. PARROQUIA SANTISIMA TRINIDAD.MANAGUA.

TE ALABAMOS, TE BENDECIMOS Y TE GLORIFICAMOS PADRE SANTO
PORQUE HAS ESCUCHADO EL CLAMOR DE NUESTRAS COMUNIDADES
Y HAS DISPUESTOS  A HOMBRES, MUJERES JOVENES Y  NIÑOS  A  ESTA
SANTA MISIÓN.
PEDIMOS TU SANTO ESPÍRITU PARA QUE NOS DIRIJA E IMPULSE
A EVANGELIZAR NUESTRA PARROQUIA , PARA ESCUCHAR TU LLAMADA.
MADRE SANTISIMA PEDIMOS TU INTERCEPCION PARA QUE PODAMOS
ATENDER LO QUE ÉL NOS DICE Y ASI PODAMOS HACER SU VOLUNTAD.
DERRAMA TU AMOR EN NUESTRAS FAMILIAS Y COMUNIDADES PARA QUE
TU SEÑOR EDIFIQUES NUESTROS HOGARES COMO PEQUEÑAS IGLESIAS
DOMESTICAS. TE LO PEDIMOS POR NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO.
AMEN.


viernes, 3 de junio de 2011

SOBRE EL JUBILEO DE LAS 40 HORAS ANTE EL SANTISIMO

Sobre el Jubileo de las 40 Horas



Raíces bíblicas y de la Tradición

Para celebrar la Pascua del Señor, era ya una de las costumbres de los cristianos de los primeros siglos, juntarse para ayunar, hacer penitencia, orar y cantar salmos durante cuarenta horas, en memoria del tiempo que el Salvador del mundo permaneció en el sepulcro. De esta manera, durante este tiempo sagrado, estos cristianos, asociándose con profundidad a la muerte redentora del Señor, hacían más perfecta su participación en la celebración de su resurrección en la liturgia pascual.
Este tiempo lo computaban, desde el viernes, a la hora de nona (3 de la tarde), en que murió Cristo (Lc 23,44), hasta el amanecer del domingo, hacia las 7 horas, en el que resucitó (Mt 28,1). Tres días, pues, permaneció muerto el Señor en el sepulcro.
Esta manera de interpretar el tiempo de permanencia de Jesús en el sepulcro tiene una significación propia en la Sagrada Escritura. El número cuarenta puede significar sin más un largo período de tiempo, como cuando se dice que Saúl reinó cuarenta años (Hch 13,21), David cuarenta (1Cro 29,27) y Salomón cuarenta (2 Cro 9,30). Pero en otras ocasiones "cuarenta" señala un tiempo largo de purificación o de abatimiento, previo a una gracia muy alta o una especial exaltación. Son cuarenta, por ejemplo, los días que dura la purificación enorme del Diluvio (Gén 7,12; 7,17). Cuarenta años dura para Israel la prueba del desierto, antes de entrar en la Tierra prometida (Dt 8, 2; Núm 14, 33-34; Hch 13, 18). Cuarenta días y noches pasa Moisés solo en el Sinaí, en oración y ayuno, antes de recibir la Ley divina (Ex 24,18; 34,28). Cuarenta días y noches, con la fuerza del alimento misterioso que le da un ángel, Elías camina hasta el monte Horeb (1Re 19,8). Jesús permanece cuarenta días y noches a solas en el desierto, antes de iniciar su misión pública en medio de Israel (Mc 1,13). Cuarenta horas permanece muerto. Y una vez resucitado, antes de ascender al cielo, se aparece a sus discípulos durante cuarenta días (Hch 1,3).

Tiempos difíciles

En el siglo XVI, esta devoción comenzó a adquirir mucha importancia en las iglesias de Milán y de Roma. Eran muy graves las situaciones que atentaban contra la Iglesia. Eran los tiempos de la Reforma Protestante y de las invasiones de los turcos. Además, como sucede hoy en día, eran también tiempos de relajación de costumbres, producto de la época renacentista.
Fueron muchos los santos sacerdotes que contribuyeron en el afianzamiento y extensión de esta devoción, muy en especial, San Carlos Borromeo, quien le dio su actual configuración: Jubileo de Cuarenta Horas, en el que se expone solemnemente al Santísimo Sacramento, para que los fieles, en el curso de tres días, puedan adorar al Señor sacramentado, con la oración y la penitencia.
En 1592, el Papa Clemente VIII, mediante la Encíclica Graves et diuturnae, después de un claro y valiente, pero humilde diagnóstico de la alarmante situación de la Iglesia en esos tiempos, ordena que se establezca públicamente en Roma "la piadosa y saludable oración de las cuarenta horas" en las basílicas y en todas las iglesias para que "día y noche, en todos los lugares y a lo largo de todo el año se alce al Señor, sin interrupción alguna, el incienso de la oración".

Extensión de la devoción

Posteriormente, en el siglo XIX, esta devoción se fortaleció nuevamente, cuando la Sede de Pedro estaba sufriendo las humillaciones de la época napoleónica. La Iglesia rogó mucho ante el Santísimo Sacramento por el feliz regreso del Papa a Roma. A partir de este momento la devoción se afianzó en Roma y comenzó a extenderse por el mundo católico.

miércoles, 1 de junio de 2011

EL ESPÍRITU SANTO Y MARIA

El Espíritu Santo y María, modelo de la unión nupcial de Dios con la humanidad
La Iglesia, edificada por Cristo sobre los apóstoles, se hace plenamente consciente de estas grandes obras de Dios el día de Pentecostés, cuando los reunidos en el cenáculo « quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse » (Hch 2, 4). Desde aquel momento inicia también aquel camino de fe, la peregrinación de la Iglesia a través de la historia de los hombres y de los pueblos. Se sabe que al comienzo de este camino está presente María, que vemos en medio de los apóstoles en el cenáculo «implorando con sus ruegos el don del Espíritu».59

Su camino de fe es, en cierto modo, más largo. El Espíritu Santo ya ha descendido a ella, que se ha convertido en su esposa fiel en la anunciación, acogiendo al Verbo de Dios verdadero, prestando « el homenaje del entendimiento y de la voluntad, y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por El», más aún abandonándose plenamente en Dios por medio de «la obediencia de la fe »,60 por la que respondió al ángel: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». El camino de fe de María, a la que vemos orando en el cenáculo, es por lo tanto «más largo » que el de los demás reunidos allí: María les «precede», «marcha delante de» ellos.61 El momento de Pentecostés en Jerusalén ha sido preparado, además de la Cruz, por el momento de la Anunciación en Nazaret. En el cenáculo el itinerario de María se encuentra con el camino de la fe de la Iglesia ¿De qué manera?

Entre los que en el cenáculo eran asiduos en la oración, preparándose para ir « por todo el mundo » después de haber recibido el Espíritu Santo, algunos habían sido llamados por Jesús sucesivamente desde el inicio de su misión en Israel. Once de ellos habían sido constituidos apóstoles, y a ellos Jesús había transmitido la misión que él mismo había recibido del Padre: « Como el Padre me envió, también yo os envío » (Jn 20, 21), había dicho a los apóstoles después de la resurrección. Y cuarenta días más tarde, antes de volver al Padre, había añadido: cuando « el Espíritu Santo vendrá sobre vosotros ... seréis mis testigos... hasta los confines de la tierra » (cf. Hch 1, 8). Esta misión de los apóstoles comienza en el momento de su salida del cenáculo de Jerusalén. La Iglesia nace y crece entonces por medio del testimonio que Pedro y los demás apóstoles dan de Cristo crucificado y resucitado (cf. Hch 2, 31-34; 3, 15-18; 4, 10-12; 5, 30-32).

María no ha recibido directamente esta misión apostólica. No se encontraba entre los que Jesús envió « por todo el mundo para enseñar a todas las gentes » (cf. Mt 28, 19), cuando les confirió esta misión. Estaba, en cambio, en el cenáculo, donde los apóstoles se preparaban a asumir esta misión con la venida del Espíritu de la Verdad: estaba con ellos. En medio de ellos María « perseveraba en la oración » como « madre de Jesús » (Hch 1, 13-14), o sea de Cristo crucificado y resucitado. Y aquel primer núcleo de quienes en la fe miraban « a Jesús como autor de la salvación »,62 era consciente de que Jesús era el Hijo de María, y que ella era su madre, y como tal era, desde el momento de la concepción y del nacimiento, un testigo singular del misterio de Jesús, de aquel misterio que ante sus ojos se había manifestado y confirmado con la Cruz y la resurrección. La Iglesia, por tanto, desde el primer momento, «miró» a María, a través de Jesús, como «miró» a Jesús a través de María. Ella fue para la Iglesia de entonces y de siempre un testigo singular de los años de la infancia de Jesús y de su vida oculta en Nazaret, cuando « conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón » (Lc 2, 19; cf. Lc 2, 51).

Pero en la Iglesia de entonces y de siempre María ha sido y es sobre todo la que es « feliz porque ha creído »: ha sido la primera en creer. Desde el momento de la anunciación y de la concepción, desde el momento del nacimiento en la cueva de Belén, María siguió paso tras paso a Jesús en su maternal peregrinación de fe. Lo siguió a través de los años de su vida oculta en Nazaret; lo siguió también en el período de la separación externa, cuando él comenzó a « hacer y enseñar » (cf. Hch 1, 1 ) en Israel; lo siguió sobre todo en la experiencia trágica del Gólgota. Mientras María se encontraba con los apóstoles en el cenáculo de Jerusalén en los albores de la Iglesia, se confirmaba su fe, nacida de las palabras de la anunciación. El ángel le había dicho entonces: « Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande.. reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin » (Lc 1, 32-33). Los recientes acontecimientos del Calvario habían cubierto de tinieblas aquella promesa; y ni siquiera bajo la Cruz había disminuido la fe de María. Ella también, como Abraham, había sido la que « esperando contra toda esperanza, creyó » (Rom 4, 18). Y he aquí que, después de la resurrección, la esperanza había descubierto su verdadero rostro y la promesa había comenzado a transformarse en realidad. En efecto, Jesús, antes de volver al Padre, había dicho a los apóstoles: « Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes ... Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 19.20). Así había hablado el que, con su resurrección, se reveló como el triunfador de la muerte, como el señor del reino que «no tendrá fin », conforme al anuncio del ángel. (
Redemptoris Mater, 26).