martes, 22 de marzo de 2011

GLORIAS DE MARIA. SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO

María, abogada compasiva, no rehúsa defender la causa de los más desdichados
Son tantos los motivos que tenemos para amar a esta nuestra amorosa Reina, que si en toda la tierra se alabase a María, si en todas las predicaciones sólo se hablase de María, y todos los hombres dieran la vida por María, todo esto sería poco en comparación a la gratitud que le debemos por el amor tan excesivamente tierno que ella tiene para todos los hombres, aunque sean los más miserables pecadores, si conservan para con ella algún afecto y devoción.
Decía el V. Raimundo Jordano, que por humildad se llamaba el Idiota, que María no puede dejar de amar a quien le ama, y no se desdeña de servir a quien le sirve, empleando, en favor de los pecadores, todo su poder de intercesión para conseguir de su Hijo divino, el perdón para esos siervos que la aman. Es tanta su benignidad y misericordia, prosigue diciendo, que ninguno, por perdido que se vea, debe temer postrarse a sus pies, pues no rechaza a nadie de los que a ella acuden. María, como amantísima abogada nuestra, ella misma ofrece a Dios las plegarias de sus siervos y señaladamente las que a ella se dirigen; porque así como el Hijo intercede por nosotros ante el Padre, así ella intercede por nosotros ante el Hijo y no deja de tratar ante ambos, el negocio de nuestra salvación y de obtenernos las gracias que le pedimos. Con razón Dionisio Cartujano llama a la Virgen Santísima especial refugio de los abandonados, esperanza de los miserables y abogada de todos los pecadores que a ella acuden.
Pero si se encontrara un pecador que no dudara de su poder, pero sí de la bondad de María, temeroso de que ella no quisiera ayudarlo por la gravedad de sus culpas, lo anima san Buenaventura diciéndole: "Grande y singular es el privilegio que tiene María ante su Hijo, de obtener cuanto quiere con sus plegarias. Pero ¿de qué nos serviría este gran poder de María si no pensara en preocuparse de nosotros? No, no dudemos, estemos seguros y demos siempre gracias al Señor y a su divina Madre, porque si delante de Dios es más poderosa que todos los santos, así también es la abogada más amorosa y solícita de nuestro bien". Exclama jubiloso san Germán: "Oh Madre de misericordia ¿Quién, después de tu Jesús, tiene tanto interés por nosotros y por nuestro bien como tú? ¿Quién nos defiende en nuestros trabajos y aflicciones, como nos defiendes tú? ¿Quién como tú, se pone a defender a los pecadores combatiendo a su favor? Tu protección, oh María, es más poderosa y cariñosa de lo que nosotros podemos imaginar". Dice el Idiota, que todos los demás santos, pueden con su patrocinio, ayudar más a sus devotos que a los que no lo son, pero la Madre de Dios, como es la Reina de todos, así es también la abogada de todos. Ella se preocupa de todos, aun de los más pecadores, y le agrada que la llamen Abogada, como ella misma lo declaró a la V. sor María Villani, diciéndole: "Yo, después del título de Madre de Dios, me glorío de ser llamada abogada de los pecadores". Dice el B. Amadeo, que nuestra Reina, no deja de estar ante la presencia de la divina Majestad, intercediendo continuamente por nosotros con sus poderosas plegarias. Y como conoce en el cielo nuestras miserias y necesidades, no puede dejar de compadecerse; por lo que, con afecto de madre, llena de compasión por nosotros, piadosa y benigna, busca siempre el modo de socorrernos y salvarnos. Por eso Ricardo de San Lorenzo anima a todos por miserables que sean, a recurrir con confianza a esta dulce abogada, teniendo por seguro que la encontrará siempre dispuestísima a ayudarlo. El abad Godofredo dice también que María está siempre atenta a rogar por todos.
Exclama san Bernardo: "¡Con cuánta eficacia y amor trata el asunto de nuestra salvación esta buenísima abogada nuestra!" San Agustín meditando el amor y el empeño con que María se empeña continuamente en rogar por nosotros a su divina Majestad para que el Señor nos perdone los pecados, nos asista con su gracia, nos libre de los peligros y nos alivie de nuestras miserias, dice hablando con la Santísima Virgen: "Eres única en la solicitud por ayudarnos desde el cielo". Quiere decir: Señora, es verdad que todos los santos quieren nuestra salvación y rezan por nosotros; pero la caridad y ternura que tú nos demuestras en el cielo al obtenernos con tus plegarias tantas misericordias de Dios, nos fuerza a proclamar que no tenemos en el cielo otra abogada más que a ti, y que tú eres la más solícita y deseosa de nuestro bien. ¿Quién podrá comprender la solicitud con que siempre intercede María ante Dios en favor nuestro? Dice san Germán: "No se sacia de defendernos". Hermosa expresión: Es tanta la piedad y tanto el amor que siente María por nosotros y tanto el amor que nos profesa, que siempre ruega y torna a rogar, y nunca se sacia de rogar por nosotros, y con sus ruegos no se cansa de defendernos.
Pobres de nosotros pecadores, si no tuviéramos esta excelsa abogada, tan poderosa, tan piadosa, y a la vez, tan prudente y sabia, que el juez, su Hijo, no puede condenar a los reos que ella defiende, así lo dice Ricardo de San Lorenzo. Las causas defendidas por esta abogada sapientísima, todas se ganan. San Juan Geómetra la saluda: Salve, árbitra que dirime todas nuestras querellas. Es que todas las causas que defiende esta sapientísima abogada, se ganan. Por eso san Buenaventura la llama la sabia Abigail. Fue Abigail la mujer que supo aplacar con sus hermosas súplicas a David cuando estaba enojado contra Nabal, de manera que el mismo David la bendijo agradeciéndola que con sus dulces maneras le hubiera impedido vengarse de Nabal con sus propias manos: "Bendita tú que me has impedido tomar venganza derramando su sangre con mis manos" (1Sm 25,33). Esto es precisamente lo que hace María de continuo en el cielo en beneficio de los pecadores; ella, con sus plegarias tiernas y sabias, sabe de tal manera aplacar a la divina Justicia, que Dios mismo la bendice y como que le da las gracias porque así le impida abandonar y castigar a los pecadores como se merecen. Por eso, dice san Bernardo, el eterno Padre porque quiere ejercer toda la misericordia posible, además de tener junto a sí a nuestro principal abogado Jesucristo, nos ha dado a María como abogada ante Jesús.
No hay duda, dice san Bernardo de que Jesús es el único mediador de justicia entre los hombres y Dios, quien en virtud de sus propios méritos, puede y quiere, según sus promesas, obtenernos el perdón y la divina gracia; pero porque los hombres reconocen y temen en Jesucristo su Majestad divina, que en él reside como Dios, por eso fue preciso asignar otra abogada a la que pudiéramos recurrir con menos temor y más confianza; y ésta es María, fuera de la cual no podemos encontrar abogada más poderosa ante la divina Majestad y más misericordiosa para con nosotros. Estas son sus hermosas palabras "Fiel y poderoso es el mediador entre Dios y los hombres; pero los hombres temen en él la Majestad. Es por tanto necesario que haya un mediador para con el mismo mediador; y nadie más útil para nosotros que María". Pero gran injuria haría a la piedad de María, sigue diciendo el santo, el que aún temiera acudir a los pies de esta abogada dulcísima, que nada tiene de severo ni terrible, sino que es del todo cortés, amable y benigna. Lee y vuelve a leer cuanto quieras, sigue diciendo san Bernardo, todo lo que se narra en los Evangelios, y si encuentras algún rastro de severidad en María, entonces puedes temer acercarte a ella. Pues no lo encontrarás; por lo cual recurre gozosamente a ella, porque te salvará con su intercesión.
Es muy hermosa la exclamación que pone Guillermo de París, en boca del pecador que recurre a María, diciendo: "A ti acudiré y hasta en ti me refugiaré, Madre de Dios, a la que toda la reunión de los santos aclama como Madre de misericordia". Madre de Dios, yo, en el estado miserable a que me veo reducido por mis pecados, recurro a ti, lleno de confianza; y aunque pareciera que me desechas, yo te recuerdo que estás en cierto modo obligada a ayudar, pues todos los fieles en la Iglesia, te llaman y proclaman Madre de misericordia. "Tú, en verdad, cuya generosidad te hace incapaz de repulsas, cuya misericordia nunca a nadie le falló, cuya amabilidad extraordinaria nunca despreció a nadie que te invocó, por pecador que fuera"... Tú, María, eres la que, por ser tan bien amada de Dios, siempre eres por él escuchada; tu gran piedad jamás le ha fallado a nadie; tu afabilidad, jamás te ha permitido despreciar a un pecador, por enormes que fueran sus faltas, si a ti se ha encomendado. ¿Es que, tal vez falsamente y en vano toda la Iglesia te aclama como su abogada y refugio de los miserables? Jamás suceda, Madre mía, que mis culpas puedan impedirte cumplir el gran oficio de piedad que tienes, y con el que eres a la vez, abogada y medianera de paz entre Dios y los hombres, y después de tu Hijo, la única esperanza y el refugio seguro de los miserables. Todo lo que tienes de gracia y de gloria, y la misma grandeza de ser Madre de Dios -si así se puede hablar- lo debes a los pecadores, ya que para salvarlos, Dios te ha hecho su Madre. Lejos de pensar acerca de esta Madre de Dios, que dio a luz al mundo el manantial de la piedad, que ella vaya a negar su misericordia a un infeliz que a ella recurre. Puesto que tu oficio, María, es ser pacificadora entre Dios y los hombres, que te mueva a socorrerme tu gran piedad, que es incomparablemente superior a todos mis vicios y pecados.
Consolaos, pues, pusilánimes -diré con santo Tomás de Villanueva- respirad y cobrad ánimo, desventurados pecadores: Esta Virgen excelsa, que es la Madre de vuestro Dios y vuestro Juez, ella misma es la abogada del género humano; idónea porque puede ante Dios cuanto quiere; sapientísima porque conoce todos los secretos para aplacarlo; y universal porque acoge a todos y no rehúsa defender a ninguno

martes, 8 de marzo de 2011

ORACION, AYUNO,LIMOSNA


Oración, ayuno y misericordia son inseparablesDe los sermones de San Pedro Crisólogo, obispo y Padre de la Iglesia.
(Sermón 43: PL
52, 320. 322)
Ver también:
ayuno

La oración llama, el ayuno intercede, la misericordia recibe
Tres son, hermanos, los resortes que hacen que la fe se mantenga firme, la devoción sea constante, y la virtud permanente. Estos tres resortes son: la oración, el ayuno y la misericordia. Porque la oración llama, el ayuno intercede, la misericordia recibe. Oración, misericordia y ayuno constituyen una sola y única cosa, y se vitalizan recíprocamente.
El ayuno, en efecto, es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Que nadie trate de dividirlos, pues no pueden separarse. Quien posee uno solo de los tres, si al mismo tiempo no posee los otros, no posee ninguno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica.
Que el que ayuna entienda bien lo que es el ayuno; que preste atención al hambriento quien quiere que Dios preste atención a su hambre; que se compadezca quien espera misericordia; que tenga piedad quien la busca; que responda quien desea que Dios le responda a é1. Es un indigno suplicante quien pide para si lo que niega a otro.
Díctate a ti mismo la norma de la misericordia, de acuerdo con la manera, la cantidad y la rapidez con que quieres que tengan misericordia contigo. Compadécete tan pronto como quisieras que los otros se compadezcan de ti.
En consecuencia, la oración, la misericordia y el ayuno deben ser como un único intercesor en favor nuestro ante Dios, una única llamada, una única y triple petición.
Recobremos con ayunos lo que perdimos por el desprecio; inmolemos nuestras almas con ayunos, porque no hay nada mejor que podamos ofrecer a Dios, de acuerdo con lo que el profeta dice: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado: un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias. Hombre, ofrece a Dios tu alma, y ofrece la oblación del ayuno, para que sea una hostia pura, un sacrificio santo, una víctima viviente, provechosa para ti y acepta a Dios. Quien no dé esto a Dios no tendrá excusa, porque no hay nadie que no se posea a si mismo para darse.
Mas, para que estas ofrendas sean aceptadas, tiene que venir después la misericordia; el ayuno no germina si la misericordia no lo riega, el ayuno se torna infructuoso si la misericordia no lo fecundiza: lo que es la lluvia para la tierra, eso mismo es la misericordia para el ayuno. Por más que perfeccione su corazón, purifique su carne, desarraigue los vicios y siembre las virtudes, como no produzca caudales de misericordia, el que ayuna no cosechará fruto alguno.
Tú que ayunas, piensa que tu campo queda en ayunas si ayuna tu misericordia; lo que siembras en misericordia, eso mismo rebosará en tu granero. Para que no pierdas a fuerza de guardar, recoge a fuerza de repartir; al dar al pobre, te haces limosna a ti mismo: porque lo que dejes de dar a otro no lo tendrás tampoco para ti.
-Del Oficio de Lectura, Martes III de Cuaresma

viernes, 4 de marzo de 2011

LA VERDADERA ALEGRIA SAN FRANCISCO DE ASIS.

La alegría es un valor importante a la hora de discernir nuestra vida cristiana. En Francisco es una virtud constante. No hay alegría verdadera sin desapropiación, sin humildad, sin sabiduría de la Cruz.
Un día preguntó Francisco al hermano León:
- ¿Sabes, hermano, lo que es la perfecta alegría?
- Es dar buen ejemplo de santidad, respondió el hermano León sin vacilar.
- ¡Oh, no!, exclamó Francisco. No consiste en eso la perfecta alegría.
- Entonces, ¿es acaso realizar conversiones a centenares?
- Tampoco. No consiste en eso la perfecta alegría
- ¿Sería tener el don de lenguas, de milagros, de ciencia o de profecía?, aventuró
León, bastante mosqueado.
- Aún menos. En todo esto no consiste la perfecta alegría. Aunque nosotros habláramos todas las lenguas, leyéramos las conciencias y fuéramos capaces de resucitar los muertos, no consiste en eso la perfecta alegría.
- Pues bien. Di tú mismo, te ruego, lo que es la perfecta alegría.
- Escucha, hermano León. Supongamos que regresamos de Perusa a Santa María de los Ángeles, una noche de invierno, de lluvia y de nieve. Empapados, helados y atormentados por el hambre, llamamos a la puerta del convento. El hermano portero viene y nos grita colérico, a través de la puerta: “¿Quiénes sois vosotros?”. Le respondemos: “Somos dos hermanos vuestros”. Entonces él se pone a gritar más fuerte: “No es verdad. Sois ladrones y rufianes. No hay lugar aquí para vosotros. Marchaos”. Y rehusando abrirnos, nos deja plantados allí, en la lluvia y en la nieve. Pues bien, si nosotros soportamos esto con paciencia, sin turbación ni reniegos, oh hermano León, ahí está la perfecta alegría.
Y si nosotros, obligados por el hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a llamar, gritando y suplicando entre llantos por el amor de Dios, que nos abra y nos permita entrar, y él, más enfurecido, sale fuera con un palo nudoso y nos coge por el capucho, y nos tira a tierra, y nos arrastra por la nieve, y nos apalea con todos los nudos de aquel palo; si todo esto lo soportamos con paciencia y gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de sobrellevar por su amor, ¡oh hermano León!, escribe que aquí está la perfecta alegría.

martes, 1 de marzo de 2011

SAN MARTIN DE PORRES

SAN MARTIN DE PORRES
Religioso dominico, peruano.
Fiesta: 3 de noviembre
«Martín de la caridad» -Homilía de S.S. Juan XXIII en su canonización

San Martín de Porres-Vida de los Santos de BUTLER. Adaptada por el Padre Jordi Rivero
SAN MARTIN DE PORRES fue un mulato, nacido en Lima, capital del Perú, en el 9 de diciembre de 1579. En el libro de bautismo fue inscrito como "hijo de padre desconocido". Era hijo natural del caballero español Juan de Porres (o Porras según algunos) y de una india panameña libre, llamada Ana Velásquez. Martín heredó los rasgos y el color de la piel de su madre, lo cual vio don Juan de Porres como una humillación
Vivió pobremente hasta los ocho años en compañía de la madre y de una hermanita que nació dos años después.  Estuvo un breve tiempo con su padre en el Ecuador ya que este llegó a reconocerlo y también a la hermanita.  Nuevamente quedó separado del padre le mandaba lo necesario para hacerle terminar los estudios.
Martín era inteligente y tenía inclinación por la medicina. Había aprendido las primeras nociones en la droguería-ambulatorio de dos vecinos de casa. La profesión de barbero en aquella época estaba ligada con la medicina.  Así adquirió conocimientos de medicina y durante algún tiempo, ejerció esta doble carrera.
Sintiendo grandes deseos de perfección, pidió ser admitido como donado en el convento de los dominicos del Rosario en Lima. Su misma madre apoyó la petición del santo y éste consiguió lo que deseaba cuando tenía unos quince años de edad.
En el convento su vida de heroica virtud fue pronto conocida de muchos. Fue admitido sólo como "donado", es decir, como terciario y le confiaron los trabajos más humildes de la comunidad. Martín es recordado con la escoba, símbolo de su humilde servicio.  Su humildad era tan ejemplar, que se alegraba de las injurias que recibía, incluso alguna vez de parte de otros religiosos dominicos, como uno que, enfermo e irritado, lo trató de perro mulato. En una ocasión, cuando el convento estaba en situación económica muy apurada, Fray Martín, espontáneamente se ofreció al Padre Prior para ser vendido como esclavo, ya que era mulato, a fin de remediar la situación.
Advirtiendo los superiores de Fray Martín su índole mansa y su mucha caridad, le confiaron, junto con otros oficios, el de enfermero, en una comunidad que solía contar con doscientos religiosos, sin tomar en consideración a los criados del convento ni a los religiosos de otras casas que, informados de la habilidad del hermano, acudían a curarse a Lima.
Bastante trabajo tenía el joven hermano, pero no por eso limitaba su compasión a los de su orden, sino que atendía a muchos enfermos pobres de la ciudad. El día 2 de junio de 1603, después de nueve años de servir a la orden como donado, le fue concedida la profesión religiosa y pronunció los votos de pobreza, obediencia y castidad.
Juntaba a su abnegada vida una penitencia austerísima, se maltrataba con dormir debajo de una escalera unas cuantas horas y con apenas comer lo indispensable. Pasaba la mitad de la noche rezando a un crucifijo grande que había en su convento iba y le contaba sus penas y sus problemas, y ante el Santísimo Sacramento y arrodillado ante la imagen de la Virgen María pasaba largos tiempos rezando con fervor. Añadía a esto un espíritu de oración y unión con Dios que lo asemejaba a otros grandes contemplativos.
Dios quiso que su santidad se conociera fuera de las paredes del monasterio, por los extraordinarios carismas con que lo había enriquecido, entre ellos, la profecía, éxtasis y la bilocación. Sin salir de Lima, fue visto en África, en China y en Japón, animando a los misioneros que se encontraban en dificultad.  Mientras permanecía encerrado en su celda lo veían llegar junto a la cama de ciertos moribundos a consolarlos.  En ocasiones salía del convento a atender a un enfermo grave, y volvía luego a entrar sin tener llave de la puerta y sin que nadie le abriera. Preguntado cómo lo hacía, respondía: "Yo tengo mis modos de entrar y salir".
Se le vio repetidas veces en éxtasis y, algunas levantado en el aire muy cerca de un gran crucifijo que había en el convento. A el acudían teólogos, obispos y autoridades civiles en busca de consejo. Más de una vez el mismo virrey tuvo que esperar ante su celda porque Martín estaba en éxtasis.
Llegaron los enemigos a su habitación a hacerle daño y él pidió a Dios que lo volviera invisible y los otros no lo vieron.
Durante la epidemia de peste, curó a cuantos acudían a él, y curó milagrosamente a los sesenta cohermanos. Los frailes se quejaban de que Fray Martín quería hacer del convento un hospital, porque a todo enfermo que encontraba lo socorría y hasta llevaba a algunos más graves y pestilentes a recostarlos en su propia cama cuando no tenía más donde se los recibieran.
Con la ayuda de varios ricos de la ciudad fundó el Asilo de Santa Cruz para reunir a todos los vagos, huérfanos y limosneros y ayudarles a salir de su penosa situación.
Sorprendió a muchos con sus curaciones instantáneas, como la del novicio Fray Luis Gutiérrez que se había cortado un dedo casi hasta desprendérselo; a los tres días tenía hinchados la mano y el brazo, por lo que acudió al hermano Martín, quien le puso unas hierbas machacadas en la herida. Al día siguiente, el dedo estaba unido de nuevo y el brazo enteramente sano. En cierta ocasión, el arzobispo Feliciano Vega, que iba a tomar posesión de la sede de México, enfermó de algo que parece haber sido pulmonía y mandó llamar a Fray Martín. Al llegar éste a la presencia del prelado enfermo, se arrodilló, mas él le dijo: "levántese y ponga su mano aquí, donde me duele". ¿Para qué quiere un príncipe la mano de un pobre mulato?, preguntó el santo. Sin embargo, durante un buen rato puso la mano donde lo indicó el enfermo y, poco después, el arzobispo estaba curado.
Otras veces, a la curación añadía la prontitud con que acudía al enfermo, pues bastaba que éste tuviera deseo de que el santo llegara, para que éste se presentase a cualquier hora. Muchas veces, entraba por las puertas cerradas con llave, como pudo comprobarlo el maestro de novicios, quien personalmente guardaba la llave del noviciado, pues, habiendo estado Fray Martín atendiendo a un enfermo, salió del noviciado y volvió a entrar sin abrir las puertas. El asombrado maestro comprobó que estaban perfectamente cerradas. Alguien le preguntó: "¿Cómo ha podido entrar?" El santo respondió: "Yo tengo modo de entrar y salir".
El enfermero al mismo tiempo que hortelano herbolario, cultivaba las plantas medicinales de que se valía para sus obras de caridad y también desempeñaba el oficio de distribuidor de las limosnas que algunas veces recogía, en cantidades asombrosas, parte para socorrer a sus propios hermanos en religión y parte para los menesterosos de toda clase que había en la ciudad.
Su amabilidad se extendía hasta los animales; hay en su biografía escenas semejantes a las que se narran de San Francisco y de San Antonio de Padua. Por ejemplo, cuando después de disciplinarse, los mosquitos lo atormentaban con sus picaduras e iba a que Juan Vázquez lo curase, éste le decía: "Vámonos a nuestro convento, que allí no hay mosquitos". Y Fray Martín respondía: "¿Cómo hemos de merecer, si no damos de comer al hambriento?" __"¡Pero hermano, estos son mosquitos y no gente!__ "Sin embargo, se les debe dar de comer, que son criaturas de Dios", respondió el humilde fraile.
Es típico el caso de los ratones que infestaban la ropería y dañaban el vestuario. El remedio no fue ponerles trampas, sino decirles: "Hermanos, idos a la huerta, que allí hallaréis comida". Los ratones obedecieron puntualmente, y Fray Martín cuidaba de echarles los desperdicios de la comida. Y si alguno volvía a la ropería, el santo lo tomaba por la cola y lo echaba a la huerta, diciendo: "Vete adonde no hagas mal".  Loa animales le seguían en fila muy obedientes. En una misma cacerola hacía comer al mismo tiempo a un gato, un perro y varios ratones.
Sus conocimientos no eran pocos para su época y, cuando asistía a los enfermos, solía decirles: "Yo te curo y Dios te sana".  Todas las maravillas en la vida del santo hay que entenderlas asociadas con el profundo amor a Dios y al prójimo que lo caracterizaban.
Se sabe que Fray Martín y Santa Rosa de Lima, terciaria dominica, se conocieron y trataron algunas veces, aunque no se tienen detalles históricamente comprobados de sus entrevistas.
A los sesenta años, después de haber pasado 45 en religión, Fray Martín se sintió enfermo y claramente dijo que de esa enfermedad moriría. La conmoción en Lima fue general y el mismo virrey, conde de Chichón, se acercó al pobre lecho para besar la mano de aquél que se llamaba a sí mismo perro mulato. Mientras se le rezaba el Credo, Fray Martín, al oír las palabras "Et homo factus est", besando el crucifijo expiró plácidamente.
Murió el 3 de noviembre de 1639. Toda la ciudad acudió a su entierro y los milagros por su intercesión se multiplicaron.
Fue beatificado en 1837 por Gregorio XVI y canonizado el 6 de mayo de 1962 por el Papa Juan XXIII. En 1966 Pablo VI lo proclamó patrono de los peluqueros de Italia, porque en su juventud aprendió el oficio de barbero-cirujano, que luego, al ingresar en la Orden de Predicadores, ejerció ampliamente en favor de los pobres.
En la actualidad todavía se lo invoca contra la invasión de los ratones.
Notas: ……….El Beato Martín es, en los Estados Unidos y en otros países, el patrono de las obras que promueven la armonía entre las razas y la justicia interracial; por ello existen varias biografías de tipo popular,………